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25/10/14

En tertulia, "Librería Académica" Manizales (agosto de 1981)


Mi excelente amigo Carlos-Enrique Ruiz me escribe desde Manizales:

Querido Carlos:
Te envío este otro testimonio con tu padre inolvidable, en registro fotográfico:
Sitio: “Librería Académica”, Manizales  (ya desaparecida)
“La Patria”, Manizales, 08 de Agosto de 1981.
De derecha a izquierda:  LUIS VIDALES, Luis-Fernando Parra, Carlos Pacheco, Carlos-Enrique Ruiz, Germán Velásquez, J.O. Jaramillo.
Abrazos.

Reproduzco aquí el testimonio fotográfico, con enorme gratitud. Las fotos de mis padre correspondientes a 1981 son escasas y, con frecuencia, de mala calidad.



8/8/14

El poeta en Villavicenciao (1982)


Luis Vidales en un encuentro literario y cultural en Villavicencio, 1982.

Fotografía enviada por José Luis Díaz Granados a través de nuestros amigos de NTC...




16/2/14

Música de mañana




   La máquina de escribir es un pequeño piano de teclas redondas.

   Vendrán grandes "virtuosos" de la máquina de escribir.

   Serán gentes de largas melenas y de ojos melancólicos.

   En las noches de luna. Sonatas. Y nocturnos. Y gigas. Vibrarán las máquinas de escribir.

   Y su ritmo -bajo las estrellas- nos llenará el alma de deseos y de recuerdos.



De Suenan Timbres
Sección "Estampillas"
2a. Edición, 1976
Colcultura, p. 153
Foto: máquina Corona" portátil (1921),
modelo idéntico al que usó Luis Vidales
para escribir Suenan Timbres.


Nota bene: Las máquinas de escribir propias del poeta fueron siempre portátiles, aunque en sus diferentes trabajos usó, naturalmente, máquinas mayores. Escribió Suenan Timbres en la primera máquina que compró en 1921, una portátil "Corona", que mantuvo en su poder hasta 1930. Entre 1931 y 1949 usó una portátil "Royal". En 1950 compró una "Olivetti" de la cual no estuvo muy contento. La remplazó a fines de 1952 por una "Hermes" con la cual vivió todo su exilio en Chile, hasta 1964, fecha en que me la dio como obsequio en mi cumpleaños número 25. Esa "Hermes" estuvo a mi servicio, en muchas tareas políticas clandestinas, hasta 1967, cuando me la robaron los guardianes de la ley y el orden, en Uruguay. Diez años más tarde, en Colombia, le regalé a mi padre una excelente semiportátil "Brother`s", que él usó con gusto, según entiendo, hasta su muerte en 1990. Esta última máquina está desaparecida desde el fallecimiento de Luis Vidales.

16/6/12

Carta de Luis Vidales a su hijo Carlos (1983)



Carta mediante la cual el poeta informa a su hijo Carlos Vidales, exiliado en Suecia, que lo ha nombrado depositario de su obra. Bogotá, 1 de junio de 1983.

29/4/11

Luis Vidales y Armando Orozco en 1984

El poeta Armando Orozco me ha enviado esta fotografía, con el siguiente mensaje:

Carlos, la foto con tu padre es de 1984. Íbamos por la séptima hacia el norte después de salir de la Unión de Escritores, que se fundó ese dia. El maestro me invitó a su casa de la calle 63 con carrera 20 donde vivía con tu mamá doña Paulina y creo que con su hijo Leonardo. Cuando llegamos me dijo: “Tome y cómprese una de aguardiente” y se entró. Cuando yo llegué y toqué, con la botella en la mano, tu mamá que no sabía que era un mandado del maestro y que yo había llegado con él, me dijo: "De modo que es usted el que le trae el trago a Luis..." Yo le expliqué y ella me mandó a seguir como siempre muy amablemente y ese día nos tomamos la botella en una plática donde siempre yo salía graduado de poeta, de historiador y de político. Creo que con tu padre hice el único postgrado que realicé en la vida. Armando Orozco.


Gracias, Armando, por este aporte a la iconografía y a las anécdotas biográficas de Luis Vidales.

4/3/11

J. L. Díaz-Granados: Entrevista con Luis Vidales


Yo visito a Luis Vidales como otros van al cine, al teatro o a la ópera: con el objeto de asistir a un espectáculo estético, en este caso, de la inteligencia. Hace muchos años, ya no recuerdo cuántos, veinticinco o más, vengo haciéndolo con regular frecuencia, cada vez más asombrado de su lucidez y resistencia física, admirado al observarlo fumar un cigarrillo tras otro y beber aguardiente en unas cómodas copas rusas de madera, sin que ello le produzca mayores daños en un cuerpo que ha soportado durante 86 años la centuria más accidentada y tormentosa de la historia y una procelosa trayectoria colombiana sin paralelo en el mapamundi contemporáneo.

Bondadoso, culto, sarcástico, irreverente, este poeta y ejemplar humano único en su especie, apenas sale a la calle. Permanece todo el día recluido en su apartamento de Teusaquillo, recostado, leyendo, fumando y viendo televisión. “Son muy malos los programas, pero a veces hay cosas buenas”, dice seriamente.

Afirma que hace meses no escribe. Anda un poco escéptico ante los últimos acontecimientos del mundo. “El dinero ha corrompido el alma del hombre desde hace cinco mil años. Todo está corrupto. Lo ocurrido en Europa Oriental es por el dinero. ¿Por qué se fugan los alemanes del Este para el otro lado? Seducidos por el dinero. La perestroika es el suceso más extraordinario de este tiempo, y Gorbachov está tratando de limpiarle un poco el alma al hombre. Pero no va a poder limpiársela completamente. Ya es algo, sin embargo, intentar limpiarla”.

– ¿Qué está leyendo ahora?

– La hija del capitán, de Pushkin. Es algo formidable.

– ¿Y escribiendo?

– Nada. Yo ya escribí todo lo que tenía que escribir. Ahí están más de 20 libros inéditos. Suficiente.

Vidales es una de las figuras literarias y políticas más importantes y controvertidas de este siglo en Colombia. Nacido en la Hacienda “Río Azul”, cerca de Calarcá, el 26 de julio de 1904, a los 86 años ha recorrido el mundo ancho y propio; ha desempeñado diversos empleos, desde oficial 8º de la Estadística hasta presidente de la Unión Nacional de Oposición (UNO) en Cundinamarca, y ha “visitado” en calidad de preso cerca de 40 cárceles colombianas, desde la iniciación del gobierno liberal de Olaya Herrera hasta el del presidente Turbay Ayala, cuando su residencia fue allanada una madrugada y el poeta fue llevado a las caballerizas de Usaquén con los ojos vendados, hasta que gracias a la presión nacional e internacional tuvo que ser dejado en libertad.

– Esa fue una experiencia maravillosa –dice riendo–, porque siempre que me han metido a la cárcel monto mi escuela de marxismo y comienzo por dictarle mi catecismo a los propios oficiales y soldados. Cuando el teniente me trajo de regreso a mi casa lo invité a un whisky. Estábamos encantados hablando. Los soldados me decían: “Qué lástima que no podamos decirle: ¡que vuelva!”.

Trabajó cuarenta años en labores estadísticas y vivió exiliado ocho en Chile, entre 1952 y 1960.

– ¿Cómo compaginó la actividad poética con la estadística?

– No hay nada separado en el universo. Fue el Renacimiento, hoy de capa caída, el culpable de la disociación de las cosas. Los estudios históricos están ahora acompañados de la estadística, en cuanto a la comprobación demográfica del pasado. Poesía y estadística son búsqueda de lo secreto o desconocido y la emoción ante el hallazgo es exacta. Basta tener un poco de sensibilidad.

– ¿Pero no considera que la poesía es incompatible, por ejemplo, con la matemática?

– No. Usted sabe que la música es una de las formas más altas de la poesía por ser sobremanera ritmo, y el ritmo se hermana con la alta matemática. El griego Xenakis, creador de la música “estokástica”, hace sinfonías o estructuras sonoras en computador, tal como su obra Pithoprakta, basada en la fórmula matemática de Maxwell-Volta. ¿Y no juntaba Mallarmé música y poesía? Pero no sólo en este campo se da esta conjunción. También en las artes plásticas. En el viejo Egipto, la estatua de Memnón producía armoniosos sonidos no bien aparecía el sol. Cambises hizo romper la escultura para descubrir el misterio. Pero la obra continuó cantando. Dos siglos y medio después, Septimio Severo ordenó repararla y volverla a su pedestal. En fin, repitamos que música es ritmo y ritmo (no rima) es poesía. Y la poesía encierra todas las creaciones más altas del entendimiento humano.

– Usted ha dicho en alguna parte que la expresión poética es una síntesis, una condensación equivalente al átomo, al diamante o a la revolución. ¿Qué quiere decir con esta afirmación?

– Desde ese punto de vista yo vivo aplicando este fenómeno de síntesis a todas las cosas que me pasan por la cabeza. Yo pienso, por ejemplo, que “la fuerte corriente eléctrica de la vida mató un día a Volta”. Y se me ocurren frases como estas:

“A Laplace, el astrónomo, se le apagó la estrella un día, cuando se murió”. “Los Cabot patearon la bola de la tierra y descubrieron a los Estados Unidos”. “Newton cayó del vientre de su madre y descubrió la ley de la gravedad”. “Pese a la Vía Láctea no hay leche en la vasija de los colombianos”. Y esta otra: “El machismo comenzó cuando inventaron que Dios era hombre”.

En 1926, Vidales viajó a París a estudiar Economía y Sociología. Poco después vivió en Italia como diplomático. “El embajador era el expresidente conservador José Vicente Concha. No se despegaba de su botella de cogñac. Y hablaba obsesivamente contra los norteamericanos. Era antiyanki radical, por lo de Panamá”.

Se entrevistó brevemente con Benito Mussolini, quien cometió el disparate de decirle que Colombia era “una república banana de Centroamérica”. A punto de rectificarle, alguien oportunamente lo codeó para evitar un disgusto del famoso Duce.

– ¿Cuáles son sus autores predilectos?

– Son muchos. Y de una variación infinita. En primer lugar, dentro de la que se llama la civilización occidental, me salta a la vista el gran poeta del Medioevo francés, Francois Villón. Es algo que me abruma. Y luego, en el siglo pasado, ahí veo a Rimbaud. No hay ningún movimiento poético del mundo de hoy que se escape a la lección de Rimbaud, que dejó –usted lo sabe, como poeta que es–, su militancia poética a los 19 años, pero dejó una orientación, un norte. En Colombia hay zonas vitandas para la crítica oficial. Cito el caso espectacular de Julio Flórez. A este poeta se le saca de las antologías, se le estigmatiza, pero en la trastienda, cuando están tomando aguardiente, los colombianos recitan a Julio Flórez. Esa dinámica tiene que ver algo con el espíritu del colombiano.

– ¿Pero qué era lo que realmente le ocurría a Flórez?

– Tratando de descubrir qué era lo que le pasaba a Julio Flórez, veo que cuando él empezó su prédica poética hacia 1896 o un poco después, en Colombia había una crisis del comercio tremenda, que fue antesala de la toma de Panamá. Entonces al colombiano le sabía la vida a ceniza y no veía las cosas sino de una manera angustiosa y terrible. Y Julio Flórez, como hace todo poeta que oye su contorno, cantó las calaveras de la muerte, cantó sus huesos, sus fémures, cantó las arañas en los rincones, cantó, en fin, todo ese arsenal de mal gusto que la época dio a los colombianos. Pero Julio Flórez está arraigado a la vida nacional. Yo tengo unos 5 ó 7 sonetos que he encontrado de este poeta que muestran otro Julio Flórez. Algún día publicaré un artículo que se llame Mi Julio Flórez, para dar a conocer no sólo el poema Yo no soy yo, sino el poema Al átomo, en donde canta cosas que están descubriéndolas ahora en el mundo científico. Luego a Julio Flórez se le debe colocar en el sitio que le corresponde dentro de la vida poética colombiana, que es lo que no ha hecho la crítica en este país.

– ¿Qué siente al acercarse a los 86 años?

– Hace poco vino un amigo mío y me trajo el certificado de Registro Civil de mi nacimiento y allí aparece que yo vine al mundo el 26 de julio de 1900 y no en 1904 como aparece en todas partes. Yo mismo no sé si es en 1900 o en 1904. Pero si es lo primero, que es lo más seguro, entonces voy a celebrar próximamente 90 años... ¿Qué le parece?

Publicada en la revista Gato Encerrado No. 11 - Abril - Mayo - 1990 -
Dirección: Eutiquio Leal, Fernando Soto Aparicio, Jaime Chavarro Díaz

Esta entrevista ganó el Premio Nacional de Periodismo "Simón Bolivar" en la modalidad "Mejor entrevista de prensa 1990".

Fuentes:

Alegría de leer

NTC... Nos Topamos Con...


2/3/11

Luis Tejada en su tinta

A la hora en que esta crónica comienza, Luis Tejada era un muchacho nacido en Barbosa (Antioquia) en 1898, que llegó a la culta capital de la república en 1921, caminando desde Armenia en compañía de otro jovencito dos años menor y de nombre Adel López Gómez. Ambos, Tejada y López Gómez, iban a buscar fortuna como escritores, periodistas o cronistas.

Ambos tuvieron, como se verá, un gran éxito. López Gómez no encontró trabajo en la "Atenas Sudamericana" y se fue a Medellín, probablemente a pie, como había llegado. Allí se convirtió en uno de los mejores cronistas que ha tenido el país, como redactor de El Espectador, El Correo Liberal y la Revista Colombia. Más tarde, en 1929 y ya en triunfo, volvió a Bogotá y se integró a la redacción de El Espectador con su columna de crónicas "La hora al viento". Murió en 1989, a los 89 años de edad, después de una vida de resonantes éxitos, pero nunca pudo volver a ver a su amigo Tejada porque éste había muerto el 16 de septiembre de 1924 en Girardot, víctima de la tuberculosis, dicen unos, o de la sífilis, diagnostican otros, o de alguna inmunodeficiencia, hereditaria o adquirida, que nadie conocía entonces pero que ya existía, pienso yo.

Mi padre, Luis Vidales, recordaba de este modo el arribo de Tejada a Bogotá:

Cuando Tejada vino a Bogotá, ya traía ese característico sello de vagabundaje que lo hacía pasar absorto, por la Calle Real, como si en vez de casas y gente hubiera allí palmeras, y en vez de Calle Real hubiese allí un camino real. Era un hombre rodeado de paisaje por todos los lados, y en sus ademanes y en su andar se sentía la presencia de parajes arbolados y rumorantes ríos. Ya por entonces Tejada tenía ese chaplinismo inconfundible de hombre que había pasado por muchos apuros y por muchos horizontes. Iba siempre con los pantalones de pasar el río. Cuando yo le conocí, ya era el expulsado de la Normal de Medellín, ya había sido polizón en los barcos del río Magdalena, ya había escrito sus "Gotas de Tinta" en algún periódico de la capital antioqueña, ya había estado de aventura y bronca por la Costa Atlántica y ya había visto la llamita fulgurante de los revólveres rastrillados en la oscuridad de la noche, de que habló después en una de sus crónicas. Ya estaba instalado en "El Espectador" de Bogotá, ya había descubierto el calor de los periódicos, que recomendó siempre como lecho insustituible para el abrigo nocturno, y ya había hecho el invento de los cigarros de hojas de eucaliptus, que elaboraba bajo los árboles del parque del Centenario, y que fumaba con delectante y ensoñadora actitud, sosteniendo que todo estaba en la naturaleza al alcance de la mano y que era absurdo creer que se necesitaba dinero para vivir. Ya era el filósofo y el teórico de todas las cosas habidas y por haber que fue la característica central de Tejada. (Luis Vidales: "Cómo nos hicimos comunistas", Sábado, nov. 10 de 1945).

El éxito de Tejada no consistió en gozar de una larga vida, sino en convertirse en el brevísimo lapso de tres años en el más grande de los cronistas colombianos de todos los tiempos, hasta el extremo de que muchos de sus compatriotas creen que fue el único cronista colombiano que existió jamás.

Pero hay que decirlo desde el comienzo: Tejada no fue el único cronista que produjo Colombia, ni siquiera el único grande. Existe incluso algún hereje que sostiene lo impensable: que hubo un cronista mejor que Tejada. Esto se ha dicho del antioqueño Ricardo Uribe Escobar (1892-1968). A mí estas valoraciones ni me van ni me vienen porque ni la literatura ni el periodismo son carreras de caballos y porque, en fin de cuentas, cuando Tejada llegó a Bogotá ya había leído y gozado las crónicas de Uribe Escobar, así como éste en su hora había aprendido a escribir bien en la fresca fuente de su maestro don Tomás Carrasquilla (1858-1940). La grandeza de un cronista no reside en su mayor perfección de estilo o en su mejor y más depurado manejo de la prosa, sino en su capacidad para sobrevivir más allá de la muerte en la mente y en el corazón de sus lectores, e incluso para resucitar en antologías y publicaciones mucho tiempo después de firmada su acta de defunción. Por otra parte, ningún ningún cronista tiene derecho a llevarse para sí todas las palmas por su obra, desde que su obra es el resultado de un aprendizaje social y de una formación existencial.

Tejada tenía de dónde aprender y en dónde formarse. Sus padres y abuelos por ambas vertientes eran liberales, intelectuales y radicales, publicistas y educadores. Por parte materna estaba emparentado con la familia Cano, fundadora de El Espectador en Medellin y en Bogotá, y cuyas cualidades de librepensadores y liberales progresistas bien conoce Colombia. Su tía, María Cano, "La Flor Roja del Trabajo", es legendaria como apóstol de las ideas socialistas y de liberación de la mujer en el país. Su padre, Benjamín Tejada Córdoba, fue secretario del general Rafael Uribe Uribe durante los años terribles de la Guerra de los Mil Días y fundó colegios, escuelas y diarios en la región del café. Allí, si se me permite un comentario adicional, fue un miembro muy destacado de la extensa red de amistades intelectuales y políticas que incluía a los progenitores y tíos de mi padre, Luis Vidales, también educadores, librepensadores y combatientes del radicalismo liberal durante las guerras civiles del siglo XIX. Que Julieta Gaviria, esposa de Luis Tejada, fuera prima de Luis Vidales, no agrega casi nada al hecho de que ambos, el cronista Tejada y el poeta Vidales, fueron formados y educados en la misma tradición culta, irreverente, librepensadora, antidogmática, roja, de una red social que fue tejiéndose durante las guerras civiles de 1850 en adelante, desde el norte del Tolima hasta los confines de Antioquia.

Una de las tías de Tejada, María Rojas, se encargó de la educación del muchacho en los primeros años porque en el colegio de los Hermanos Cristianos de Medellín no lo querían tener, lo cual es perfectamente comprensible: si el mismo día de su bautismo se había visto claramente que los padrinos eran liberales y que por esta razón el bebé no tenía derecho al sacramento, mal podía pedirse que la caridad cristiana llegara a tanto como a enseñar a leer y escribir a este pequeño engendro del mal. Aprendió, pues, sus primeras letras, leyendo con su tía El Espectador de Medellín, "Periódico político, literario, noticioso e industrial" que por aquellos años dedicaba íntegramente su primera página a avisos comerciales y culturales de la más variada catadura, pero cuyas inclinaciones anticlericales y librepensadoras eran muy evidentes. Ya en el primer número de su publicación se estamparon en esa primera plana dos avisos del terrible general liberal Rafael Uribe Uribe, uno como "Abogado, especialista en el foro criminal" y otro como autor y distribuidor de un "Diccionario Abreviado de Correcciones del Lenguaje". Aprender a leer en ese silabario, en que se mezclaban los avisos de los "Cigarrillos Legitimidad", el "Vino tinto- Saint Julien, tres clases", las "Gotas amargas legítimas", el "Tricófero", los "Revolvers Smit & Wesson finísimos, y cápsulas", los "Clavos franceses", las "Mil cosas más (continuará)", con el aviso de don Miguel Salas, que ofrecía "Para la Semana Santa... magníficos paños negros labrados, y los mejores sombreros de copa que hay en la plaza", o con el anuncio de "El Progreso, Revista Mensual Ilustrada de Nueva York", tiene que haber sido más apasionante y más instructivo que aprender a leer repitiendo "Yo amo a mi mamá", "Mi mamá me ama" y otras sandeces por el estilo.

¿A quién puede extrañar, a la vista de estos antecedentes, que Tejada escribiera una alabanza al revólver, una canción de la bala, un elogio de la guerra y otro número de textos en los que lo prosaico y lo poético son una y la misma cosa, o en los que el humo de un cigarrillo de marca nacional se convierte en una pieza clásica de la literatura? Ninguno de sus temas, ya sea pequeño y cotidiano, trascendental y universal, es ajeno a esta capacidad de poner todo junto, lo pequeño y lo grande, lo sublime y lo terrenal, en una sola y menuda caja de sorpresas: la crónica.

Lo único extraño, casi inexplicable, es que escribiera una crónica sobre El arte de caminar bien. Cuando llegó a Bogotá, Tejada era delgado, pequeño, nervioso, de cabeza bien formada, de frente amplia y nariz recta, de grandes y bellos ojos, de labios un tanto gruesos y fruncidos eternamente alrededor de una pipa de caña recta. Había algo de chaplinesco en su figura porque tenía las piernas flacas y un poco desordenadas y caminaba como un marinero en la tormenta, con un pie en babor y otro en estribor. Pero irradiaba bondad, alegría de vivir y un infantil desparpajo que era mezcla de inteligencia, irreverencia y ausencia absoluta de dogmas y prejuicios. Durante muchos años creí que su andar de galeote era el resultado de la larga caminata entre Armenia y Bogotá, en una época en que los caminos eran trampas mortales para el peregrino, aunque él mismo los haya descrito con bondad, porque era un muchacho bueno: "...esos caminos bermejos, tortuosos y solitarios, que bordean la cordillera o la escalan francamente, que se hunden a ratos entre montes sombríos y a ratos siguen el curso de un río pequeño, que flanquean los páramos ingentes dando vueltas y revueltas...". Hoy, releyendo sus crónicas, veo con claridad que ese caminar de péndulo era más bien una manifestación sicosomática de su oscilación intelectual entre los dos extremos que dominaron sus ambiciones de cronista: el primero, conquistar "la armonía y la sutileza, las dos cualidades tutelares que busco con ahínco en las cosas"; y el segundo, trabajar por "el advenimiento del único reinado humano y justo: el del hombre simple, del buen hombre, del hombre".

Para alcanzar el arte de la armonía y la sutileza contó con buenos amigos y maestros. Toda una legión de cronistas extraordinarios produjo por aquellos años verdaderas joyas del periodismo en El Espectador, El Tiempo y Cromos. En 1922, bajo los auspicios del general liberal Benjamín Herrera, Luis Tejada y José Mar fundaron el periódico El Sol, en cuyas páginas aparecieron las producciones de "Los Nuevos" (José Mar, Luis Vidales, Luis Tejada, León de Greiff, Ricardo Rendón y cien más) y se difundieron con entusiasmo las ideas socialistas. Pero fue principalmente El Espectador, trasladado de Medellín a Bogotá para encabezar la gran marcha nacional del liberalismo hacia el poder, el taller donde que se forjaron las mejores crónicas del país en la década de los años veinte. La caminata de Luis Tejada y Adel López Gómez desde Armenia hasta Bogotá en 1921, pues, debe verse como parte orgánica de un proceso político que se había iniciado a finales del siglo XIX, que la Guerra de los Mil Días (1899-1902) y la pérdida de Panamá (1902) habían interrumpido, y que la violencia política conservadora y el asesinato del general Rafael Uribe Uribe habían postergado: el retorno de las mayorías liberales al poder. Por eso se trasladaron a la capital las grandes fuerzas de expresión del liberalismo, desde las combatientes provincias de la montaña. Por eso afluyeron a la capital los jóvenes literatos y periodistas, para cambiar la mentalidad del país y obligar a la nación, todavía dormida en el siglo XIX, a entrar por la puerta grande al siglo XX.

José Mar, cuyo verdadero nombre era José Vicente Combariza, fue tal vez el más notable de esos jóvenes entusiastas. Nacido en Santa Rosa de Viterbo (Boyacá), se integró a la planta de El Espectador a los dieciocho años de edad y se convirtió en inseparable amigo intelectual del director Luis Cano y de nuestro Luis Tejada. Su prosa era ejemplar, con una formidable fuerza y una poderosa capacidad de síntesis. De él aprendió Tejada a manejar la pluma como un arquero que dispara la flecha certera y recobra la presa caída sin alardes ni retórica vana. De él también aprendió el impecable manejo de temas y argumentos cotidianos que fueron compartidos por otros cronistas y poetas. Por ejemplo, el tema del traje y la vestimenta que sería tratado por Luis Tejada y Luis Vidales en sincero esfuerzo de aprendices del oficio, fue introducido por José Mar en estos términos:

El pantalón a rayas, los zapatos relucientes, la camisa tiránica, el alto sombrero, prenda de lores venida a menos, todo se aúna para dar un sentido inquietante que el hombre procura contrarrestar con una sonrisa indefensa de individuo a quien su traje —y con él toda la tragedia de las ceremonias— domina imponiéndole una personalidad nueva y extraña que nada tiene que ver con el hombre que consiguió una novia y alimentó un amor y amobló una casita en un barrio agradable para llevarse consigo a la novia y al amor.
Una especie de impulso subconsciente ha hecho que la humanidad exprese en su indumentaria lo que no ha acertado a expresar en su literatura, en su filosofía ni en sus costumbres sociales: el verdadero sentido de los actos humanos.

Al boyacense Armando Solano (1887-1953) le corresponde, según mi modesto entender, el mérito de dictar la pauta de estructura que Luis Tejada habría de seguir para muchas de sus crónicas. Era ya un veterano periodista cuando se incorporó a la planta de El Espectador en 1918 e inició su columna "Glosario sencillo" que sostuvo durante siete años, en la misma página en que escribía Luis Tejada. Veamos un ejemplo de su prosa:

Hombres que tienen de la vida el concepto epicúreo y sano que yo quisiera ver generalizado sobre la tierra, abrieron en Medellín un concurso de cocina, con el fin de premiar y estimular la confección de manjares nutritivos y sabrosos. El concurso fue declarado desierto, según lo comunicó ayer el telégrafo con su cruel laconismo.
Habrá gentes incapaces de profundizar en el significado de los hechos, que miren esta noticia con perfecta indiferencia. Pero respetando su manera de pensar, o de no pensar, me atrevo a sostener que el fracaso del concurso culinario es un signo tétrico, un síntoma alarmante, algo que sí puede indicar, mejor que ciertas vanas apariencias, una franca degeneración de la raza. Un pueblo que no les atribuye a los placeres de la mesa todo el valor que tienen, no será pueblo que deje huella durable en la historia. El hombre vigoroso, que sabe vivir, es alegre y audaz, necesita alimentarse, no sólo con abundancia sino con pulcritud y delicia. Sin eso, toda tonicidad nerviosa se pierde, y con ella piérdense también el buen humor, el ánimo, el amor al trabajo, hasta la misma voluntad. Y de las multitudes podéis juzgar en lo moral por su género de alimentación. (El Espectador, 28 de octubre de 1920).

En este fragmento podemos descubrir la secuencia de recursos que luego utilizaría Tejada en muchas de sus crónicas:

1- Una noticia cualquiera, un hecho banal, cotidiano.
2- Una simple constatación de cómo se piensa habitualmente ante hechos similares.
3- Una propuesta de interpretación inesperada, sorpresiva.
4- Introducción de argumentos lógicos imprevistos.
5- Generalización o extensión del nuevo modo de pensar a otras categorías o fenómenos.

Con este modelo, Tejada escribirá crónicas para convencernos de que el canibalismo es la mejor forma posible de alimentarse, o para demostrar que el ser humano bien puede ser descendiente de una silla o de un sofá a través de un largo proceso evolutivo, o para aducir pruebas lógicas de que la corbata, los pantalones y las camisas tienen sicología propia y nos dominan sutilmente. Algo de esta estructura se descubre también en algunos de los cuentos cortos de Luis Vidales y en poemas de León de Greiff, siempre para afirmar cosas al parecer absurdas o improbables, lo que prueba que el taller de trabajo de "Los Nuevos" fue la boehemia, la convivencia intelectual, el compartir metáforas y recursos y temas en el alegre oficio de echar abajo todo lo viejo y podrido en la apoltronada sociedad tradicional. Es muy interesante constatar, por ejemplo, que Armando Solano escribió también un elogio de la pereza:

Yo daría mucho de lo que no tengo por llegar a ser el cantor de la virtud nacional, que es la pereza. Yo la llamaría en el elogio que de ella hiciera, con muchos de los dictados que se aplican a la madre de la cristiandad: janua coeli, turris eburnea, consolatris aflictorum, y otros que le caen mejor a la pereza, madre del ensueño, genitora de los pensamientos profundos, en cuyo seno se acendran las resoluciones heroicas, las aspiraciones geniales, las obras artísticas y todas las cosas que merecen algún respeto. (Glosario Sencillo, 1925).

Compárese con lo que dice Tejada sobre la pereza, en la crónica titulada El trabajo:

... el instinto más firme, noble e indestructible en el hombre. Los tipos de la perfección suma que la imaginación concibe –los dioses– son personalidades eminentemente perezosas que, o permanecen estáticas en sus tronos de nubes, o se divierten entregadas a juegos ociosos o a placeres sibaritas. Entonces la pereza es en cierto modo una virtud esencialmente divina; pero ¿qué son los dioses? Son, simplemente, hombres perfectos en un sentido ideal.

Ya he mencionado, al inicio de esta desordenada divagación, al antioqueño Ricardo Uribe Escobar (1892-1968) y ahora es la hora de reproducir una de sus crónicas para que vean los lectores que Tejada no fue el único tejadiano, y que ni siquiera fue el primer tejadiano de Colombia. La crónica se titula Un salto mortal y fue publicada en junio de 1921, cuando Tejada estaba apenas instalándose en Bogotá:

He leído en El Correo que un caballero bogotano se arrojó al salto del Tequendama, que es como decir se lanzó al abismo horrible de la muerte. Es indudablemente el más bello modo de salir de Colombia para siempre: un suicidio poético, épico, heroico, y acuático.
Quitarse la vida es cosa reprochable y pecadora, pero es tan feo dejarse morir en una cama, entre el mal olor de los medicamentos, rodeado de los curiosos del barrio, de los criados y de la parentela, todos con los ojos clavados en la cara del agonizante, viendo los ridículos gestos que uno hace para soltar el alma, con una mosca rebelde en la punta de la nariz, conque dizque lo ayudan a uno a bien morir, y pensando en el hoyo negro, frío y estrecho, en los latines de Leonel y Quintín, en los rezos del padre Henao y en el negro Sapirrias, con sombrero de copa y fumando tabaco, llevándolo a uno a los brincos, en su coche ridículo, al cementerio.
Yo quisiera poder ejecutar mi salto mortal en el mismo salto del Tequendama, tranquilamente, sin avisarle a nadie y dejando una tarjeta de despedida para la Patagonia. De este modo me evitaría todos los inconvenientes apuntados, le ahorraría a mi sobrina el fastidio de las visitas de pésame y los gastos de entierro, no se verían obligados los periodistas a hacerme el suelto necrológico de cliché, ni les daría ocasión a mis amigos de recordar mis faltas y debilidades.
Pero ahora recuerdo que no sé nadar...

Y así podríamos seguir, dando ejemplos y más ejemplos de brillantes cronistas y poetas
que, conociéndose los unos a los otros, trabajando con frecuencia en los mismos periódicos, emborrachándose –acaso con mayor frecuencia todavía– en las mismas cantinas y a las mismas horas, compartieron temas, se enseñaron los unos a los otros el arte de reinventar la realidad y pusieron al país en rumbo hacia una mentalidad moderna. El genialísimo Clímaco Soto Borda (1870-1919), que firmaba con el seudónimo Casimiro de la Barra, no tuvo la suerte de participar en esas tertulias, pero sí la de influir poderosamente en todos esos muchachos que hicieron del irrespeto inteligente un arma de combate. El santandereano Joaquín Quijano Mantilla (1875-1949) guerrillero de la Guerra de los Mil Días, escritor folclorista y popular, aportó un estilo desfachatado, de pícaro campesino, que hizo las delicias de los lectores de Cromos por los mismos años en que toda una pléyade de jóvenes periodistas ensayaba sus agresiones contra la absurda lógica de la sociedad tradicional.

Se preguntará el lector por qué gasto tanto espacio para demostrar que Tejada no fue el único cronista genial, ni el primero, ni siquiera original en algunos de sus temas. Mi respuesta es: sencillamente porque me río de la llamada "crítica literaria" que quiere ver milagros por todas partes, "casos únicos", "genios individuales", productos de la nada, regalos gratuitos de los dioses y otras imbecilidades parecidas. No, Tejada es un producto social. La nación entera estaba cambiando, sacando de sus propias entrañas a toda una generación de rebeldes intelectuales, nuevas formas de organización de la clase obrera, nuevas ideas políticas, nuevas formas de pensar y de actuar.

Es en ese contexto que debe valorarse el empuje de "Los Nuevos", su decidido afán iconoclasta, su desvergonzado empeño en convencer a las gentes timoratas de que lo imposible es lo posible, lo mágico es lo real, lo maravilloso es lo cotidiano y lo permanente es el cambio. Era necesario ser irreverente, excéntrico, "anormal" en un país en que lo normal era pegarle a los niños para que aprendieran a amar al prójimo. Y la irreverencia pasaba por cuestionar todo lo establecido, por obligar a la gente a pensar lo impensable.

Por ese camino transcurrió el proceso intelectual de Tejada, su peregrinaje del radicalismo liberal al comunismo y a la fundación del partido. Recuerda mi padre:

Tejada y yo siempre andábamos juntos, lo que hacía que nuestros amigos me llamaran “l’enfant gáte” de Tejada. Por las tardes siempre nos citábamos para irnos a casa. El trabajaba en El Espectador y yo en el Banco de Londres. Una tarde, mientras yo lo esperaba en la esquina de la catorce con la séptima, salió del periódico y se vino precipitadamente a mi encuentro, diciéndome sin saludarme: "Aquí en esta casa está en este momento un ruso que quiere hablar con nosotros. Ahí hay una reunión de obreros liberales, que lo han citado para que los oriente sobre la posición de los trabajadores en las próximas elecciones. Subamos. Cuando termine nos vamos con él y charlamos. Esto puede ser muy interesante". La casa de que hablaba Tejada era la misma en que hoy está "La Cigarra". El ruso no era otro que Silvestre Sawinsky.
Sawinsky vivía en la vieja y amplia casa que queda inmediatamente después de lo que hoy es la plaza de San Martín hacia el norte. Allí entramos. Recuerdo que en el vasto corredor nos llamó la atención ver numerosos cueros colgados, y Sawinsky nos dijo que se había dedicado a la curtiembre, para ganarse la vida. Nos presentó a su esposa y nos instalamos en la amplia sala ante una gran mesa, cubierta con una gruesa tela de terciopelo verde, y sobre la cual una caparazón de tortuga con una caja de metal incrustada servía de cenicero de agua. Pronto comenzamos a menudear las tazas de té, de las cuales tomamos como diez, a la manera rusa, mientras planeábamos el nuevo partido. Como a las nueve de la noche salimos de allí, después de haber dejado un cerro de colillas dentro del recipiente de la tortuga. Habíamos trazado el esquema para la formación del partido comunista en Colombia. Llevábamos la lista de los nuestros, que se redactó de mi puño y letra, y a la cual habíamos agregado algunos nombres que juzgábamos adictos a nuestra causa, entre otros, Luis Cano, Armando Solano y Alfonso Villegas Restrepo. Digo esto, porque nadie sabía cómo se fundó el partido comunista de entonces, es decir de dónde partió la idea, y he oído muchas versiones contrarias a la realidad, de gentes que desean hacerse pasar por personas actuantes (el subrayado es mío, LV). No. Aquella noche no estábamos presentes sino Sawinsky, Tejada y yo. De allí convocamos a una reunión, en la cual quedó constituído el nuevo partido. No está por demás decir que ni Luis Cano, ni Armando Solano, ni Alfonso Villegas Restrepo concurrieron nunca a ninguna de nuestras reuniones.
Pronto nuestro partido se encontró con muy serios problemas que nosotros no sabíamos cómo resolver. La cuestión orgánica y nuestra conexión con las masas eran cosas al rojo blanco sin la solución de las cuales podríamos subsistir. Ni Sawinsky ni nosotros sabíamos nada en cuanto a los procedimientos. Ignorábamos por completo cómo se hacía un partido comunista. Era aquella una época en que el resplandor de la revolución rusa iluminaba el universo, y todos los hombres libres del mundo querían ir por esa senda, lo que no significaba necesariamente que quienes así pensaran fuesen teóricos consumados. El conocimiento de Marx y de los métodos revolucionarios de los rusos no se habían generalizado. En la prensa todavía se leía que el general Soviet se había tomado al sur de Rusia una importante ciudad llamada Lenin. En estas circunstancias, nosotros resolvimos como mejor pudimos nuestros embarazantes problemas. Le dimos al partido, por proposición de Moisés Prieto, una secreta organización tipo masónico, por grados, con sus signos, sus convenciones, sus palabras claves para los momentos de peligro. Y en cuanto a programa, yo traduje con Sawinsky el programa del P.C. ruso y echamos diez mil copias en mimeógrafo, que fueron a parar al río Magdalena, a los cuarteles, a las organizaciones obreras, etc. Su distribución fue tan completa, que todavía se acuerdan de haberlo recibido los obreros de muchos lugares del país. No abandonamos tampoco el trabajo en el ejército, y fue por nuestra labor de hojas sueltas, al frente de la cual estaba Sawinsky, que el buen ruso, más terrorista que bolchevique y más niño que hombre terrible fue expulsado del país.
Un día me llamó Tejada con mucho sigilo para decirme que habían inventado un grado superior, el último al que sólo tenían acceso los elegidos, pues había ciertas cosas que no se podían tratar delante de algunos camaradas, en los cuales no se tenía la suficiente confianza. Me advirtió que mi iniciación allí se había fijado para una sesión especial, como en efecto ocurrió. Por entonces Tejada ya vivía en una casa de la calle doce, casi contra el paseo Bolívar. En un cuarto oscuro, iluminado apenas por una vela de sebo, se efectuó la ceremonia de mi ingreso al más alto grado. De pie, en torno de una mesa, se hallaban Tejada, Sawinsky, José Mar, Moisés Prieto y Diego Mejía. Sobre la mesa reposaban los símbolos de la purificación y la fe del comunista, consistentes en la constitución rusa, el programa del partido y, encima, una pistola, alegoría de la violencia revolucionaria y a la vez del castigo que esperaba al traidor. El juramento consistía en un largo interrogatorio escrito, que Sawinsky leyó aquella noche, con su particular acento ruso. Se hablaba en voz baja. Tejada se transfiguraba por completo, y a la escasa luz de la vela se le veía poseído de la más intensa emoción. A Sawinsky le temblaba levemente el labio inferior. La respiración de todos parecía contenida. El interrogatorio llegó a aquello de "jura usted no hacer diferencia de razas?", y yo respondí: lo juro; "jura usted no hacer diferencia de nacionalidades?", y yo respondí: lo juro. Pero cuando se me dijo: "Jura usted no hacer diferencia de sexos?", dí inmediatamente el grito, separándome del grupo. "No, me es imposible jurar eso", exclamé. La estupefacción se apoderó de todos. Tejada me miraba con angustia escrutadoramente. "¿Por qué no juras?", me dijo con un tono de ruego. Yo les dije "Lo de la supresión de la diferencia de sexos no lo juro, porque por pepiciego que uno esté siempre sabe quién es hombre y quién es mujer". Todavía oigo las carcajadas de José Mar y las recriminaciones de Tejada, que no concebía que se llevara ningún espíritu ligero a semejante ambiente de solemnidad y de misterio. (Luis Vidales, "Cómo nos hicimos comunistas", Sábado, nov. 10 de 1945).

Hace ya muchos años, en 1975, escribí un pequeño ensayo sobre Luis Tejada (publicado dos años más tarde), titulado Magia y Revolución. Sostuve entonces, como sostengo ahora, que las grandes transformaciones políticas a que aspiraban "Los Nuevos" –la revolución social– solamente podían ser concebidas mediante una ardiente fe en las potencialidades ilimitadas del ser humano. Dije así:

El comunismo de Tejada era el de Maiakovski: nada tuvo que ver con la fría y estrecha fórmula del sectario que asesina a la imaginación y declara ilegal a la fantasía. En aquella hora turbulenta del mundo, burgueses y proletarios, estudiantes y poetas, madres y vírgenes, niños y viejos asistían estupefactos al espectáculo de una revolución que arrojaba del trono a la centenaria dinastía de los Romanov y entregaba el poder sobre la sexta parte del planeta a "un gobierno de mozos de cuadra y cocineras", como decía el decano de la prensa británica. Tejada, que en los días de estudiante había confesado su ambición de seguir los pasos del que "sabe encontrar siempre algo de maravilloso en lo cotidiano; el que puede hacer trascender lo efímero; el que, en fin, logra poner la mayor cantidad posible de eternidad en cada minuto que pasa", no podía ser ajeno al subyugante influjo de la epopeya rusa. Porque este muchacho bohemio y humorista, de imaginación desbordante y de fe sin límites en las potencialidades mágicas del mundo material; este jovenzuelo que buscaba "con el júbilo cruel del creador, el alma múltiple del universo"; este adolescente genial, era de algún modo hermano de aquellos que, en el otro extremo del mundo, poseídos de loco afán y de ciega fe, derribaban obstáculos gigantescos para poner la mayor cantidad posible de eternidad y de grandeza en las manos rústicas y sencillas de los parias.

¿Cómo podría ser de otro modo? Si yo creo que aquella muleta del rincón "va a andar; va a salir traqueteando por las habitaciones, rediviva, ambulante, fraternal", y va a hacerlo porque "tiene insuflado, coesenciado, el espíritu y la vida del que la llevó"; si, además, opino que "el sombrero nos demuestra gráfica e irrefutablemente que si el alma existe, es ahí, en ese adminículo espiritual, donde debe tener su residencia o refugio"; si, a mayor abundamiento, sostengo "la inminencia de esa mañana prodigiosa en que mi corbata va a salir arrastrándose onduladamente detrás de mí, como un pequeño animal amaestrado"; si afirmo que "en el interior de las salas cerradas, en las largas noches solitarias, los muebles ceremoniosa y cortésmente se reciben la visita", y que "quizá asomándose uno por el hueco de la cerradura los vería accionar con parsimonia y los oiría hablar de política, o de economía, o de no sé qué cosas graves y abstrusas"; si declaro que tal vez "el taburete sea el tipo degenerado de una gran especie que vivió en remotas edades o el principio de evolución de una especie que vivirá en el porvenir"; si agrego que "quizá se podría formular una teoría en que se probara que el hombre desciende del taburete; teoría ingeniosa y verosímil que tendría tanto éxito como las otras que tratan de probar que el hombre desciende del mono o del caballo"; y si, en fin, reconozco que el hombre no sólo puede transferir sentimientos, actitudes y pensamientos a las cosas, sino que de hecho lo hace a cada instante, llenando de dignidad y de humanidad a los objetos inertes, es porque no tengo la menor duda de que el hombre puede dignificar y humanizar al hombre. Creo en la revolución porque creo en la magia o, lo que es lo mismo, porque creo en la ilimitada potencialidad del hombre. (Carlos Vidales: "Magia y revolución – Las crónicas de Luis Tejada", Revista UN, mayo de 1977, N° 15).

Por eso, entre la escritura de sus crónicas, las alegres tertulias, las calaveradas del amanecer con sus amigos Vidales, Rendón, de Greiff y José Mar, este reformador de las mentes colombianas se daba tiempo para buscar a los obreros de las fábricas y los soldados de los cuarteles, reunirse con ellos y predicarles la buena nueva de la revolución proletaria.

Tejada era un comunista convencido. Indudablemente, nuestro movimiento, en el fondo, era un movimiento liberal, como lo fue en gran parte, años después, el movimiento socialista revolucionario. El partido liberal, con la pesada herencia del fracaso de la guerra civil iba de mal en peor. Nadie creía ya en que pudiera levantarse de la postración en que se encontraba. Y en estas condiciones se buscaban sustitutos, otras formulaciones y otros medios que se suponían más eficaces para el derrocamiento del conservatismo. Mucho de eso había en nuestro movimiento. Pero no en Tejada. Tejada era comunista, con la visión de una sociedad mejor y más equitativa para la humanidad. De ahí que yo no juzgue a Tejada como obligadamente lo juzga la gente: como un cronista que ha producido Colombia; el mejor, en una abarcadura más ancha, del habla española, que aún no ha sido superado ni igualado aquí ni fuera del país. Porque Tejada era más que eso. Tejada era un apóstol, un líder incomparable del proletariado. Murió en el momento en que se estructuraba ideológicamente en el marxismo, cuando ante sus ojos de visionario la escritura del viejo alemán le abría las puertas de un mundo amable para todos, en el cual había soñado siempre. Amó a la humanidad con un amor entrañable. Amó a los humildes, y supo con toda claridad que ellos serán poseedores de un paraíso aquí en la tierra. Por hacer más próximo ese paraíso, luchó hasta su último aliento. (Luis Vidales: "Cómo nos hicimos comunistas", Sábado, nov. 10 de 1945).

La década de 1920 fue decisiva para la evolución política del país. En su transcurso se definió la decadencia y el fin de la hegemonía conservadora; se desarrollaron los primeros sindicatos modernos; surgió la prensa obrera, socialista y comunista; se fundaron las primeras organizaciones campesinas; se formó el primer grupo comunista; se trazaron las redes de los ferrocarriles; se industrializó la vida de las grandes ciudades; se iniciaron las obras de comunicaciones en los territorios selváticos; y se modernizaron muchas de las viejas estructuras del estado. Pero, por sobre todas las cosas, surgió una nueva mentalidad, una nueva perspectiva intelectual, una nueva racionalidad, y las gentes comenzaron a descubrir que todas las verdades y todos los postulados tenidos por lógicos y sensatos desde la llegada del conquistador don Gonzalo Jiménez de Quesada eran locuras, absurdos ridículos y delirantes, necedades y supersticiones que era preciso olvidar para siempre. En cambio, las gentes comenzaron a sospechar que, en efecto, una nueva realidad es posible desde que sea posible imaginarla. Así fue surgiendo la insensata y maravillosa idea de que se puede concebir un futuro y trabajar por construirlo.Y esta revolución mental se produjo en gran medida gracias al trabajo de los jóvenes intelectuales de esa década, entre los cuales brilla por su inteligencia, por su audacia, por su generosidad y su imaginación, nuestro querido Luis Tejada.

Las últimas crónicas de Tejada fueron más políticas, más concretas, más apegadas al combate social. Pero sería un grave error decir que ellas representan una "maduración política" o un "mayor compromiso político" comparadas con las delirantes elucubraciones de los primeros días. Mírese a fondo el asunto y se verá que Tejada está siempre cuestionando lo intocable y, de este modo, rompiendo los andamiajes del sistema establecido, tanto cuando se burla de la lógica oficial como cuando denuncia los crímenes del gobierno o pone al desnudo la dictadura de clase.

Yo pienso, por otra parte, que muchas de esas crónicas tejadianas al parecer absurdas y exóticas son de una tremenda lógica y que todos deberíamos aprender a vivir, al menos un poquito, como el cronista propone. Por ejemplo, en su crónica titulada Resurrección, Tejada nos cuenta el caso del general Clodomiro Castillo, a quien le dio por resucitar en febrero de 1924, después de nueve años de estar muerto, amortajado, velado y sepultado. Aunque Tejada es discreto en estos asuntos, podemos imaginar la estupefacción de su viuda, el desencanto de sus herederos y el desconcierto de la Caja de Pensiones del Ejército Nacional. Unos dicen que se trata de una farsa y que el general simplemente había simulado su muerte. Otros dicen que es efectivamente una farsa, pero que el general está muerto y un impostor pretende tomar su lugar y sus bienes. Sólo Tejada, precursor de la Ley de Resurrección, sostiene que es posible, lógico y verosímil el retorno a la vida, como un hábito que había caído en desuso desde tiempos inmemoriales y que el general Castillo ha resuelto poner otra vez de moda. Tejada prevé incluso que las resurrecciones llegarán a ser tan frecuentes y naturales, que en las páginas sociales de los periódicos podrán leerse avisos como el siguiente: "Esta mañana a las 11 resucitó en el cementerio de la ciudad, el general Fulano de Tal. Con ese motivo, la familia del exdifunto dará esta noche un té bailable a sus amistades". Pues bien, yo opino que es una desgracia que no se haya puesto en práctica la saludable sugerencia de nuestro cronista. Sería, por ejemplo, maravilloso, asistir a la resurrección de los trabajadores de las bananeras, ametrallados en 1928, apenas cuatro años después de la muerte de Tejada. O declarar una campaña nacional de resurrecciones para volver a la vida a los cientos de miles de humildes compatriotas asesinados a lo largo del siglo XX en el curso de nuestras violencias políticas.

Tal vez podamos ver y vivir eso algún día. Y tal vez el propio Tejada se aparezca algún día entre nosotros, resucitado en cuerpo propio o ajeno, para explicarnos una vez más que la magia de la revolución solamente es posible cuando trabaja por "el advenimiento del único reinado humano y justo: el del hombre simple, del buen hombre, del hombre".


Nota sobre las fuentes

Aparte de las referencias citadas en el texto, hay que precisar que las citas de los cronistas mencionados proceden del libro La crónica en Colombia: medio siglo de oro, de Maryluz Vallejo Mejía, Biblioteca Familiar Colombiana, Presidencia de la República, consultado en su versión digital Biblioteca virtual Luis Ángel Arango. Algunos de los datos biográficos son del estudio de John Galán Casanova "Luis Tejada: crítica crónica", Boletín Cultural y Bibliográfico, Banco de la República, vol. XXX, N° 33, 1993. Otras fuentes de consulta son: Juan Gustavo Cobo Borda, "Luis Tejada", en Luis Tejada, Gotas de tinta, Biblioteca Básica Colombiana, Colcultura, 1977, y los testimonios de Jorge Zalamea, Alberto Lleras y Luis Vidales incluidos en la misma obra; Antonio Mejía Gutiérrez, "Luis Tejada: sociólogo de los cotidiano", Revista UN, N° 2, enero-marzo, 1969; Lino Gil Jaramillo, "Luis Tejada, pequeño filósofo de lo cotidiano", en Tripulantes de un barco de papel, Ed. Beta, 1975; Darío Ruiz Gómez, "Luis Tejada contra el despotismo ilustrado", en De la razón a la soledad, Universidad Nacional, Bogotá, 1977; y mis propias notas sobre mis conversaciones con mi padre, Luis Vidales.

Carlos Vidales
Estocolmo, octubre de 2005
(Revisado: marzo de 2011)
(Fotografía: Luis Tejada, por Melitón Rodríguez, 1922)

* He publicado ahora esta crónica pensando en mi entrañable amigo Fernando Garavito. Fue él quien me animó a escribir mi largo texto sobre Tejada ("Magia y Revolución") en 1975, y fue él quien lo hizo publicar en la revista de la Universidad Nacional, en 1977. En tu memoria, Fernando.

** El excelente amigo y maestro Carlos Gaviria me hace notar que Santa Rosa de Viterbo no está en Antioquia, sino en Boyacá. Ya he corregido el horror geográfico. Gracias, Carlos.

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20/6/08

Un saludo desde Suecia

El Primer Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, que se ha realizado en Calarcá, Quindío, Colombia, tierra natal de nuestro poeta, entre los días 16 y 21 de junio de 2008, ha contado con la participación de muchos notables escritores y suscitado un enorme interés de la ciudadanía.

En la foto, una de las sesiones del encuentro, en la Casa de la Cultura de Calarcá (tomada del periódico La Crónica del Quindío).

Publico aquí el saludo que envié a este encuentro, en la imposibilidad física de asistir a él.

Puede ser reproducido libremente, con las únicas condiciones de citar la fuente y no alterar el texto.


Un saludo desde Suecia

Aquí en Estocolmo, donde vivo (es un decir) mi último exilio desde 1980, pienso en el Primer Encuentro de Escritores "Luis Vidales" que se realiza en Calarcá, y me digo que habría sido delicioso poder estar allí, en el suelo que vio nacer a mi padre y que inspiró la más conmovida de sus raras expresiones de sentimentalismo:

Yo digo Calarcá, y el sueño sube
como el pocillo de café a la boca...

Estos versos me conmueven doblemente porque me revuelven la herida abierta del destierro y porque Luis Vidales los escribió durante nuestro exilio en Chile, que para él se alargó durante once años y para mí, más de veinte. Pensar en la patria lejana, la Tierra Prohibida, no es recordarla sino recrearla, inventarla una y otra vez de mil maneras diferentes, exagerando a veces sus bellezas y a veces sus miserias. Mi padre me enseñó que uno no debe llorar su desarraigo, como Ovidio, ni permitir que sus odios personales manden a la eternidad del infierno, como el Dante, a cuanto prójimo se le pone a uno en el camino, ni imaginarse enemigos descomunales a cada paso, como el loco de la Mancha. Durante los años en Chile, muy duros para él, yo lo ví cumplir con férrea disciplina el ejercicio cotidiando de la creación: escribió miles de artículos periodísticos, ensayó una novela sobre la violencia en Colombia (que no era buena, y por fortuna fue robada después por sus autodenominados amigos), dictó clases de estética e historia del arte, produjo sonetos, baladas, poemas libres, trabajó en estadísticas e hizo su militancia política con todos los riesgos que implicaba, porque su partido era entonces ilegal en esas tierras.

Nunca lo ví quejarse. Un día de otoño mi hermana Luz me contó, al borde de las lágrimas, que había visto a papá sentado en un banco del Parque Forestal, en la soledad más absoluta, comiéndose un pan. Solamente un pan, como para evocar a César Vallejo: "Un pedazo de pan en qué sentarme, ¿no habrá ahora para mí?"

En estas cosas de los dolores íntimos fue también un hombre de vanguardia. Allá en su juventud –casi apenas salido de la niñez– publicó Suenan Timbres y con esa pequeña obra barrió todas las convenciones, las beaterías, el ridículo sonsonete y todo el vano andamiaje de una sociedad que se pudría en su letargo colonial. Pero no lo hizo solo: esa revolución fue la obra colectiva de hombres y mujeres como Luis Tejada, Julieta Gaviria, Ricardo Rendón, José Mar, León de Greiff, María Cano y muchísimos otros que la historia debería recordar.

La vanguardia de Vidales no fue solamente formal. Las nuevas formas que desplegó en sus heréticos poemas eran solamente la exacta correspondencia de esas formas con nuevos contenidos ideológicos: mirar al porvenir con alegría, reírse de las solemnidades acartonadas del pasado, barrer con las jerarquías santificadas de la república oligárquica, abrir el camino a las nuevas ideas, como lo había recomendado Tejada: descubrir "con el júbilo cruel del creador, el alma múltiple del universo", "poner la mayor cantidad posible de eternidad en cada minuto que pasa" y preparar "el advenimiento del único reinado humano y justo: el del hombre simple, del buen hombre, del hombre".

Mi padre me enseñó también que el humor es un instrumento maravilloso cuando está puesto a servicio de una idea superior, pero nada más que una bufonada cuando solamente se le utiliza para el lucimiento personal. Hoy pienso en todas esas cosas, y muchas más que sería largo enumerar, y me pregunto qué podría yo ofrecer a ustedes, queridos organizadores y participantes de este Primer Encuentro de Escritores "Luis Vidales", como un saludo cordial mío y de mi padre, y como expresión de profundos y sinceros deseos de éxitos y progresos en sus presentaciones, debates y deliberaciones.

Lo único que se me ocurre es invitarlos a leer un trozo de poesía en prosa –cuasi relato, tal vez, incluso, un esbozo de mininovela–, escrito por mi padre en 1982. Es el número 6 de una serie de "poemas estadísticos", en cuyas líneas nos sorprende la ternura envuelta en consideraciones sociológicas. Aquí está:

6

La tarde tiene una falsa belleza de crédito supervisado. Los baldíos se dejan tabular por su secreto amor con la computadora. Hay mañanas con cara de adjudicación de tierras. Un camino traza el derrotero del día. Se extinguen unos dominios a la derecha. La reforestación no alcanza a cubrir la tara de la talería que no me deja ser completo. Llevo a cabo con el color del cielo una encuesta. Hay una vaca tendida en el pastizal: me da su información pecuaria, sin la malicia del campesino y un poco de espuma blanca en el hocico del ternerillo. Una nueva hoja se alza para que la vean. La nube que pasa musita su cantar de otra época con las mismas gotitas de entonces. El gran molino trae la lluvia. Es, ni más ni menos, el torno del tiempo, muele que muele. Me voy desde hace ocho años. Tengo una inmensa premura. Y no sé si levo, o desembarco.

(Vidales, Luis. “Poemas estadísticos”, Revista Aleph N° 40, 1982:28-31. Reproducido por Fredy Jezzed López Barón, Las raíces del poema en prosa en Colombia: a propósito de José Asunción Silva y Luis Vidales, Pontificia Universidad Javeriana, Carrera de Estudios Literarios, Bogotá, 2007)

"Me voy desde hace ocho años" –dice– porque en 1974 su corazón le dio un terrible revolcón y desde entonces supo que se había iniciado la cuenta regresiva. Y dice "no sé si levo, o desembarco", porque aquel que conoce el destierro sabe que cada instante de la existencia y cada sitio del universo son siempre, simultáneamente, puntos de llegada y de partida.

Permítanme, pues, con ocasión de este encuentro, llegar y partir con este saludo afectuoso y estas desordenadas reflexiones.

Carlos Vidales
Estocolmo, junio 18 de 2008



18/6/08

Rendón y sus caricaturas de Tejada y Vidales

Como ya he contado en mi entrada Luis Vidales según Rendón, la muy famosa caricatura en la que Vidales está representado con cuerpo de sapo fue resultado de una de las frecuentes peleas de amigos que se producían entre el genial caricaturista y el poeta de Suenan Timbres. Sin embargo, la historia sería incompleta si no recordáramos el origen y evolución de los dibujos que hizo Rendón de dos amigos inseparables de aquel tiempo: Luis Tejada, el Príncipe de los cronistas colombianos, y Luis Vidales.

Las dos primeras caricaturas datan de 1924, cuando Luis Tejada todavía estaba vivo:



A la izquierda, Luis Vidales; a la derecha, Luis Tejada. El caricaturista registró fielmente las características más notables de ambos personajes. Vidales era de muy baja estatura. ligeramente barrigón, de piernas rectas y cortas, de boca grande, labios finos, nariz corta y ancha. Tejada era alto, de frente muy amplia, labios gruesos y piernas arqueadas: según quienes le conocieron, caminaba como si estuviera en medio de un terremoto.

Cuando se publicó Suenan Timbres (1926), Rendón dejó de lado la caricatura de cuerpo entero de Vidales y concentró su atención en el rostro, tal como había hecho con respecto a Tejada luego de la publicación en sus crónicas en Bogotá (1923-24):


Vidales (1926) a la izquierda, Tejada (1924) a la derecha. El dibujante ha conservado los rasgos de sus primeras caricaturas y ha precisado algunos detalles. Las cejas y pestañas espesas de Vidales han sido suavizadas ligeramente; los ojos siempre abiertos y un poco tristes de Tejada han sido mejor definidos. La pipa de Vidales es ahora curva, como corresponde a la realidad. Vidales usa corbata de enorme nudo (característica de toda su vida) y Tejada usa lazo negro en lugar de corbata.

Conviene hablar de la historia de la caricatura de 1926, que aquí reproduzco ampliada:


Mi padre tenía por este dibujo un cariño especial. Lo conservó durante toda la vida. Esta caricatura sobrevivió las luchas políticas y los sobresaltos de las cárceles y la clandestinidad, el Bogotazo del 9 de abril, allanamientos policiales, el largo exilio en Chile (1953-1964), las más increíbles aventuras y los más indescriptibles sobresaltos. Pero no pudo resistir la codicia los presuntos "camaradas" que visitaban al poeta durante los últimos meses de su vida, tanto para robarle como para beberse su whisky. Uno de esos sujetos logró llevarse la caricatura y la vendió luego de la muerte del poeta (1990) a la Biblioteca Luis Ángel Arango por la suma de 50.000 pesos. En 1994, durante la única visita que he hecho a Colombia en los 28 años de mi último exilio, encontré la caricatura expuesta en museo de la Casa de Poesía Silva, y con ayuda de María Mercedes Carranza logré averiguar la identidad del individuo que había vendido este dibujo tan entrañable para mi padre. He dicho alguna vez que publicaré el nombre de este sujeto cuando la bilis me lo aconseje. Por ahora me basta con saberlo.

Hay otro aspecto interesante de esta caricatura: ella sirvió de base para la que representa a Vidales con cuerpo de sapo, según ya he relatado en mi nota Luis Vidales según Rendón, y que aquí reproduzco en blanco y negro según el original:


Como se ve, Rendón exageró aquí los rasgos de batracio de Vidales, suprimió las sombras y volúmenes y se limitó a un escueto dibujo de líneas. Mi padre conservaba también el original de esta caricatura y hasta ahora han sido infructuosos mis esfuerzos para seguirle el rastro. Existen sin embargo innumerables copias, porque es la caricatura de Vidales que más se ha publicado y reproducido, tanto en Colombia como en el exterior.

Valgan estas anotaciones para corregir el artículo LUIS TEJADA, por José Gabriel Baena, publicado por la revista Elmalpensante N° 87, junio de 2008, pp. 11-13 (reproducido por NTC..., según el enlace que incluyo) en el cual aparece la mencionada caricatura como si se tratara de Luis Tejada (pág. 12). Fácilmente puede comprobarse el error comparando las caricaturas que Rendón hizo de Tejada y de Vidales, que aquí he reproducido.

Carlos Vidales
Estocolmo, junio 18 de 2008

14/6/08

Primer Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales

En Calarcá se realiza el Primer Encuentro Nacional de Escritores "Luis Vidales" (16 al 21 de junio de 2008), dedicado a la novela breve en Colombia.

Es pertinente y oportuno que el evento se realice bajo el nombre de nuestro poeta, no solamente porque tiene lugar en su ciudad natal, sino también -y principalmente- porque Vidales fue un pionero del minirelato y la novela breve en nuestro país. Algunos de sus poemas en prosa expresan una inocultable voluntad novelística. Él mismo me confesó alguna vez sus inquietudes de poeta-narrador, en el curso de alguna de nuestras conversaciones:

"Por aquella época (antes de la publicación de Suenan Timbres) tenía yo la obsesión de escribir mis historias de modo que no fueran ni prosa ni poesía, sino un género nuevo, mestizo. No sé bien si las lecturas de Poe o las alucinaciones de Maupassant, o los tragos que me tomaba con Tejada, Rendón y de Greiff me habían desquiciado un poquito, pero el hecho es que siempre aparecía en esos relatos un personaje misterioso (un hombre de gabán, un espectro, una sombra con una dentadura horrible, una aparición indescriptible) que me robaba la sombra, me tergiversaba la perspectiva, me escamoteaba el perfil, me despojaba de mi equilibrio".

De este Primer Encuentro Nacional, lo único que considero lamentable es que nadie me haya informado con la debida anticipación, pues de otro modo yo habría hecho lo posible y lo imposible para hacerme presente ya que la ocasión bien merecía el gasto de un viaje desde la aldea de Estocolmo hasta la metrópolis de Calarcá. Ojalá que se acuerden de mí para el Segundo Encuentro y que lo realicen en este siglo, porque en el próximo no estaré disponible.

Carlos Vidales
Estocolmo, 14 de junio de 2008

Más información en:
“Primer Encuentro de escritores LUIS VIDALES”. Calarcá.

13/2/08

Suenan Timbres en la puerta del poeta (1979)

En los primeros días de abril de 1979 la casa del poeta fue allanada por las tropas del ejército colombiano, por órdenes expresas del general Camacho Leyva. Los hechos ocurrieron de manera mucho más dramática de lo que muestra la caricatura del diario El Espectador (7 de abril de 1979). Los heroicos soldados de la república escalaron la fachada del edificio hasta el segundo piso, donde vivía el poeta – que ya se acercaba a los ochenta años –, destrozaron la ventana de su dormitorio y se plantaron, metralleta en mano, sobre la cama en que reposaban el anciano Luis Vidales y su esposa Paulina. Eran las tres y media de la madrugada.

El peligroso poeta fue maniatado con cuerdas, vendado y conducido a empujones a la Escuela de Caballería, donde debió permanecer de pie durante más de doce horas, sin más compañía que los caballos y los curiosos reclutas que llegaban, uno tras otro, con la misma pregunta:

– ¿Y vusté, tan viejo y metido a guerrillero?

Luis Vidales fue siempre un revolucionario chaplinesco y, en consecuencia, mantuvo el buen humor y aprovechó para dictar cátedra marxista a los reclutas. Pronto se formó un corro de soldados alrededor del viejo y así todos, soldados y caballos, pudieron oír que ellos eran proletarios, explotados, víctimas del capitalismo que los condenaba a reprimir a sus hermanos de clase y a traicionar su propia dignidad.

Al promediar la tarde, el escándalo nacional e internacional era mayúsculo. Poetas, intelectuales, políticos, jefes de estado europeos y periodistas de todo el mundo asediaban al señor presidente de la República, Julio César Turbay Ayala, indagando por las graves razones de estado que obligaban a maniatar, vendar y mantener en plantón riguroso a un anciano poeta septuagenario. De todas las respuestas que obtuvieron, la más poética y hermosa fue la del comandante de la Escuela de Caballería, general Vega Uribe, quien explicó la arbitraria detención y el brutal asalto al domicilio del poeta con esta frase inmortal:

– Es que no sabíamos que este señor fuera tan famoso.

En efecto. En esos momentos, más treinta mil colombianos arbitrariamente encarcelados llenaban las cárceles del país. Ellos no eran tan famosos. Su delito era pertenecer a la oposición. Y muchos millones de colombianos más eran sospechosos y presuntamente enemigos de la democracia. La paranoia oficial era monstruosa.

Los motivos y las causas de la detención del poeta eran
– también – un poco chaplinescos, esto es, tragicómicos. El día primero de enero de ese año, la organización guerrillera M-19 (Movimiento 19 de abril), de cuya dirección nacional yo era miembro, había robado más de siete mil fusiles de la guarnición del Cantón Norte. La operación fue una obra brillante de ingeniería subversiva: un túnel de casi noventa metros por debajo de las muy trajinadas calles de la capital. Pero fue también un ejemplo inmortal de chapucería militar: los responsables comenzaron a caer y las armas robadas fueron recuperadas por los genios del ejército, debido a gravísimas fallas en las rutinas de seguridad de los rebeldes. Y las cosas se complicaron porque uno de los detenidos, quien era habitualmente muy intelectual y muy celoso de los principios (como suele ocurrir), soltó la lengua del modo más lamentable y cantó lo que sabía, lo que no sabía, lo que sospechaba y todo lo demás. Naturalmente, me identificó como miembro de la dirección nacional de la organización, dijo que yo me llamaba Carlos Vidales que mi alias de guerra era... Luis.

Y era cierto. Porque mi jefe superior, el comandante Álvaro Fayad, había tenido la humorada de ponerme el alias de Luis a la hora de repartir los apodos de guerra. Otra chaplinada.

Y fue por eso que el astuto y genial general Camacho Leyva, asesorado por el talentoso general Vega Uribe, quien a su vez era asesorado por los caballos de las caballerizas de Escuela de Caballería, impartió la orden perentoria:

– Detengan de inmediato a Luis Vidales.

De más está decir que mi padre estaba muy contento. Para un revolucionario como él, nada más grato que ser honrado con un allanamiento brutal en la ancianidad, como una confirmación de que seguía siendo peligroso para los cerdos capitalistas. Su Partido, el Partido Comunista, también estaba feliz. Ahora podía mostrar que su poeta, su viejo e ilustre bardo, encarnaba la dura y heroica resistencia de los bolcheviques contra la represión oficial.

A mí todo eso me pareció muy bien, y muy conveniente. Yo estaba escondido, pero salí de mi escondrijo para solicitar asilo en la embajada de Cuba. ¿Por qué? Sencillamente, porque pensé que era mi única forma de aparecer en público sin entregarme a las autoridades, y que mi aparición obligaría al régimen a soltar a mi padre.

Pero los cubanos me negaron el asilo. Me dijeron que esperara, porque el escándalo internacional iba a obligar a los militares a soltar a Luis Vidales.

Así ocurrió. Yo continué en las filas del M-19 hasta el 11 de diciembre de 1979, fecha en que decidí abandonar esa organización por razones que en este contexto no vienen al caso. Solamente diré que hubo en aquel año dos miembros de la dirección nacional del M-19 que se opusieron rotundamente a la operación del robo de armas del Cantón Norte, por considerarla estúpida y aventurera: uno de esos dos miembros era yo. Y no he cambiado de opinión. Así, pues, me pareció deliciosamente irónico y chaplinesco
– tragicómico – que mi padre, comunista y poeta, pagara con el honor de un plantón, vendado y maniatado, un operativo militar de otra organización en cuya dirección se había llegado a proponer mi fusilamiento, precisamente por oponerme a la realización de dicho operativo. El padre, preso y maltratado por lo del Cantón Norte, y el hijo, al borde de la ejecución por oponerse a lo del Cantón Norte. ¿No es chaplinesco?

Estos son, pues, algunos de los entretelones chaplinescos del brutal allanamiento y la arbitraria detención de Luis Vidales, en abril de 1979.

19/1/07

Cómo nos hicimos comunistas

Luis Vidales
(Bogotá, noviembre de 1945)

Publicado en el semanario "Sábado", 10 de noviembre de 1945. Reproducido en la revista Folios, Universidad de Antioquia.

Por el año 20 el único café que existía en Bogotá era el Windsor. Era aquel un típico café de una ciudad feudal. Así como no existía sino un café, sólo había tres bancos, El Colombia, El Central y El Bogotá. La capital era una aldea. La chistera y el levitón no habían aún desaparecido. Las mujeres usaban la mantilla y no había para que pensar en que alguna, así fuese la más innovadora, tocase su cabeza con la pastora que vino después a complementar la nueva silueta femenina. Vestir de color hubiese sido un signo de rastacuerismo; todo el mundo se ataviaba de negro. El tranvía de mulas, con su tintineo, su tropel de cascos y los silbidos característicos del postillón, pasaba por la Calle Real como una verdadera arriería metida entre rieles. La plaza de Bolívar, todavía empedrada, era la estación principal de los coches de punto. Allí, sobre el pescante de las victorias y las berlinas, los cocheros, de chistera y casaca, cabeceaban con sus largos látigos en la mano, como practicando el rito de una pesca imposible, según decía Tejada. No había entonces un sólo automóvil de servicio público. En la calle 13, entre carreras 7ª y 3ª, entre el Windsor y el caserón colonial de los correos, los chalanes hacían caracolear los magníficos caballos traídos de las haciendas de la sabana. Aquel trayecto de ochenta metros escasos era lo que hoy es la esquina de la carrera octava con la calle catorce. El vértice de la vida bursátil. Sólo que entonces no había bolsa negra. Todos los negocios de la economía de aquel tiempo (venta de bestias, de cosechas, transacciones de índole campestre) tenían su mercado libre en este sector. Y en el Windsor, naturalmente, se festejaba el cierre de los negocios. Generalmente, en torno al café tinto, al que tanto le debe la economía nacional, se verificaban estos lazos de unión que luego se sellaban con el famoso brandy Hennessy tres estrellas, compañero de los triunfos durante las guerras civiles en Colombia. Era el licor chic, en todas nuestras aldeas. El whisky no había aparecido todavía.

En aquel ambiente del Windsor, al lado de los hacendados y los negociantes comenzó a aparecer un nuevo tipo de hombres. Empezaron a ocupar diariamente las mesitas, sin acuerdo previo, sin una reunión anterior por medio de la cual se declarara fundada con estatutos y reglamento, la nueva generación colombiana. Iban apareciendo allí nuevas caras, trayendo el aporte de su propio mensaje, y sin saberse cómo ni cuándo quedó establecida una nueva generación colombiana, sin mensajes ni manifiesto al país, movida indudablemente por la misma fuerza espontánea que le quitaba al país su cáscara del siglo XIX y lo incorporaba, al transformarlo en el XX, que llegaba retrasado a Colombia, en todos los órdenes.

Indudablemente, algunos factores que nada tenían que ver con la transformación que se operaba en Colombia, contribuyeron a aproximarnos unos a otros. Carlos Pellicer, el poeta mexicano, había sido enviado a estudiar en Colombia por la federación de estudiantes de México, en un rasgo de aproximación americanista, que por supuesto a nosotros se nos hacía insólito y que quedó sin reciprocidad como era lógico que ocurriera en el ambiente de un gobierno conservador que ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Pellicer. Entre los estudiantes desorganizados y sin aspiraciones, el significado de la presencia de Pellicer entre nosotros pasó igualmente inadvertido, de modo que su misión tuvo su cabal cumplimiento entre los grupos de intelectuales que por entonces comenzaban a aparecer en Colombia. Pellicer, naturalmente no nos influenciaba con su poesía porque él se hallaba en el mismo período de iniciación que nosotros. Pero sus habitaciones, en el tercer piso del edificio Liévano, fueron antes que el Windsor, nuestro lugar de reunión habitual, cuando Tejada aún no había llegado a la capital. Allí sellamos amistad con León de Greiff, Rafael Maya y Rafael Jaramillo Arango, que ya tenían obra y habían publicado versos. Con Germán Pardo García, Pérez Amaya y Octavio Amórtegui. Con José Enrique Gaviria y Alejandro Navas, Rafael Vásquez, José Silva y yo íbamos ligados por una indisoluble amistad. De esa misma época data la amistad de algunos de nosotros con el poeta Eduardo López, que ya por entonces había escrito unos de sus más populares versos. Eduardo López editaba por esa época su famosa e insuperable obra "Almanaque de los hechos colombianos", que recogía en no menos de dos mil páginas un verdadero compendio de la república en todas sus actividades. Y allí nos publicó Eduardo López a Rafael Vásquez y a mí nuestras primeras producciones poéticas. Era aquel para mí un período primerizo en que difícilmente me debatía con la influencia parnasiana. Recuerdo que mi publicación en el "Almanaque" era un soneto alejandrino intitulado "Cleopatra", en el cual, como es lógico, figuraban la trirreme y Marco Antonio, y en el que sostenía muy heredianamente, que las palmas de la mano de la egipcia llevaban en la M la inicial del amante latino.


Tejada llegó a Bogotá ya bien avanzados los fenómenos que nos arrojaban por los caminos de una nueva promoción de literatos y artistas, aunque es bueno advertir que esos profundos hechos no nos dábamos cuenta, y sólo ahora se nos presentan con la claridad que jamás tuvieron para nosotros. Nada sabíamos de la conexión existente entre el palpitar angustioso del mundo de la postguerra y nuestra aparición en la escena colombiana. Aún hoy mismo no ha sido estudiado en qué forma aquel período de ansiedad universal vino a perturbar la tranquilidad de muerte de la vida nacional, arremansada en siglos pretéritos. Aún hoy mismo no se han analizado esos resortes ocultos que sacaron al país de su marasmo y lo colocaron desde entonces en la línea de progreso que lo llevó a la transformación política del año 30. Pero nosotros (hoy lo comprendemos) veníamos como nuncios de esos hechos. Fuimos la generación, que a pesar de carecer del idioma político apropiado, vaticinamos con nuestra sola actitud de iconoclasticismo literario la ruina de la hegemonía. Quizá ninguno de nosotros hubiera podido explicar en qué momento los fenómenos de la postguerra nos colocaban ante una tarea, que solamente podíamos resolver en el campo estrictamente literario.


A raíz de la clausura de la guerra, el país adquirió como otros, una importancia de mercado para el reinicio de la producción industrial de los pueblos avanzados que necesitaban expandir su radio de acción económica, en previsión de la crisis, que al fin llegó, señalada por vastos sobrantes de mercancías. Fue entonces cuando llegaron, en equipos de ferrocarriles y en instrumental para carreteras, no menos que en pianolas, en ortofónicas y en toda clase de chucherías, los veinticinco millones de indemnización por Panamá. Fue entonces cuando se abrieron infinidad de bancos y algunas de las principales industrias, especialmente las textiles. El país se puso en marcha. La actividad nacional se multiplicó y se diversificó. El trabajo tomó nuevos cauces de infinidad de labriegos convertidos en peones de carretera y de ferrocarril comenzaron a buscar en las ciudades las oportunidades de absorción de su trabajo atraídos por los salarios urbanos y ya para siempre zafados de la órbita del campo que eternamente los había constreñido a salarios de hambre. Los problemas sociales comenzaron a cobrar volumen en el país. La intranquilidad social, las huelgas, iniciaron su labor invisible de socavamiento del viejo angarillaje feudal de la hegemonía. Con todas las dificultades presentadas por las circunstancias; con la inmadurez de nuestros procesos acumulativos; con las limitaciones e interferencias que se quiera, pero allí había ya dos economías en pugna, la una gastada e incapaz de la campiña, y la otra más avanzada, más liberal, en las ciudades y en las obras públicas. Y ese fue, indudablemente, el telón de fondo sobre el cual se proyectó la actividad de nuestra generación, la misma que ahora está llegando al poder.


Cuando Tejada vino a Bogotá, ya traía ese característico sello de vagabundaje que lo hacía pasar absorto, por la Calle Real, como si en vez de casas y gente hubiera allí palmeras, y en vez de Calle Real hubiese allí un camino real. Era un hombre rodeado de paisaje por todos los lados, y en sus ademanes y en su andar se sentía la presencia de parajes arbolados y rumorantes ríos. Ya por entonces Tejada tenía ese chaplinismo inconfundible de hombre que había pasado por muchos apuros y por muchos horizontes. Iba siempre con los pantalones de pasar el río. Cuando yo le conocí, ya era el expulsado de la Normal de Medellín, ya había sido polizón en los barcos del río Magdalena, ya había escrito sus "Gotas de Tinta" en algún periódico de la capital antioqueña, ya había estado de aventura y bronca por la Costa Atlántica y ya había visto la llamita fulgurante de los revólveres rastrillados en la oscuridad de la noche, de que habló después en una de sus crónicas. Ya estaba instalado en "El Espectador" de Bogotá, ya había descubierto el calor de los periódicos, que recomendó siempre como lecho insustituible para el abrigo nocturno, y ya había hecho el invento de los cigarros de hojas de eucaliptus, que elaboraba bajo los árboles del parque del Centenario, y que fumaba con delectante y ensoñadora actitud, sosteniendo que todo estaba en la naturaleza al alcance de la mano y que era absurdo creer que se necesitaba dinero para vivir. Ya era el filósofo y el teórico de todas las cosas habidas y por haber que fue la característica central de Tejada.


Confieso que cuando le ví la primera vez sentí cierta repulsión hacia su facha estrambótica. Iba arrebujado en un abrigo negro, con el brazo izquierdo colgado de un pañuelo, también negro, de cuyo trapecio salía, no una mano, sino un atado de trapos. El gran tirolés negro, tragado hasta los ojos, no conseguía cubrir del todo los vendajes que le ceñían la frente y le cruzaban el ojo izquierdo. Acababa de salir de la clínica. Unos carniceros lo habían atacado una noche de juerga, por haberse interpuesto para defender a un amigo, y lo habían dejado tendido en el suelo, completamente tasajeado a cuchillo. Jamás se le oyó la menor recriminación contra sus amigos ni contra sus atacantes.


Al día siguiente de mi primer encuentro con él, estaba yo sentado a mi mesa en el Windsor, cuando vi entrar a Tejada. Pensé que la presentación fugacísima del día anterior y mi ninguna prestancia intelectual pues yo estaba inédito y él no conocía mis versos, no le permitirían saludarme con deferencia, y fingí no verlo. Pero Tejada se llegó hasta mi mesa y me saludó con el cariño y la familiaridad más asombrosos, como si hiciera años que alimentáramos la más perfecta amistad. Su naturalidad desarmó mi aprensión. Esa fue la primera admiración que me causó este hombre, y desde entonces la más profunda y noble amistad nos envolvió hasta su muerte.


Tejada tenía un poder magnético enorme. De su ser emanaba un fluido atrayente, verdaderamente maravilloso. Una atmósfera casi tangible lo circundaba y dentro de ella quedaban como alelados los que se hallaban en torno. Hacia él refluían, completamente absortas y como desarmadas, las personalidades de todos, sin esfuerzo ninguno, como un placer que se reflejaba en los rostros. No era una tiranía lo que ejercía. No era la fuerza, casi siempre tirante, del líder; el dominio violento del jefe. Era una suave onda, una luz amable, brillante y cálida, que lo conducía a uno a estar pendiente de él, de su extraordinaria palabra, de su discurrir por un mundo de esféricas formas, de amor, entre todas las cosas, de exactitud de misterio, de humor y de inmemorial sencillez a un mismo tiempo, que él iba pintando como si se tratara de un sueño con los ojos abiertos. El era el centro de nuestra generación, el jefe nato, nuestro núcleo rumorante e inquieto.


Pocos días después de haberse iniciado nuestra amistad, Tejada desapareció de Bogotá. Había ido a casarse. Me dijeron que con una muchacha Gaviria Jaramillo, de Pereira, hija de don Juan y de doña Dolores. Para mí, aquello era una coincidencia, entre extraña y curiosa. Cuando ya de regreso, me lo encontré en el café, le ofrecí visita y le envié saludos a su esposa. Tejada me miró con cierta sorpresa, como quien no veía bases en mi modo de ser para esta clase de cumplidos sociales. Se habían hospedado en un hotel de la calle doce, arriba de la séptima. Cuando me oyó tutear y estrechar efusivamente a Julieta, su asombro fue aún mayor. Los dos le explicamos los vínculos de familia que nos unían. Y esto contribuyó a hacer más fuerte mi unión con Tejada, Tejada era mi pariente lejano por lo Córdoba y Julieta lo era más próxima por la rama de los Jaramillos; de modo que el traslado a mi casa paterna, que yo les propuse, era una cosa lógica. Allí vivieron dos años.


Fue esta la época de “El Sol”, periódico que tenía por directores a Luis Tejada y José Mar, y que se editaba en una imprenta situada en la planta baja del edificio Montaña, frente a la plaza de mercado de Las Nieves. Este periódico, cuatro años anterior a la revista de “Los Nuevos”, fue el primer órgano de la nueva generación colombiana. Allí aparecimos algunos de los poetas y escritores que después, ya muerto Tejada, hicimos parte de la agrupación de “Los Nuevos”. El períodico de “El Sol”, que no tuvo una vida larga, fue también el período socialista de Luis Tejada. Era un socialismo que no se atrevía a separarse del partido liberal y que encontraba asidero para esta actitud en el propio pensamiento de Benjamín Herrera, para quien el socialismo, como lo dijo públicamente en varias ocasiones, era algo consubstancial con la entraña misma del liberalismo colombiano. Tejada no estaba muy convencido de ello; él creía que era necesario la aparición de un partido independiente, pero aceptaba de buen grado la simpatía que Herrera mostraba por el periódico, y la deferente atención que el gran caudillo ofrecía al movimiento juvenil que pugnaba por cristalizar en “El Sol”. No fueron pocas las veces que vimos al general Herrera preferirnos en el trato frente a líderes connotados del liberalismo, y en una o dos ocasiones su interés por nosotros se mostró en ayuda monetaria para el periódico. De aquella época, guardo todavía como recuerdo imborrable la figura magnífica de este extraordinario ejemplar humano, poderoso y terrible, inconmovible y como tallado en piedra berroqueña, ante el cual los grandes se veían pequeños. Herrera era un hombre de tan acendrado dominio, de una tan increíble concreción de personalidad, que más que un hombre parecía un mito. Lo primero que se sentía ante Herrera, por reflejo, era el orgullo de ser colombiano, porque en él se hacía tangible la comprensión de un pueblo grande hoy y mañana y siempre. Pueblo que produce esta clase de hombres es un gran pueblo. Tejada y yo siempre andábamos juntos, lo que hacía que nuestros amigos me llamaran "l’enfant gáte" de Tejada. Por las tardes siempre nos citábamos para irnos a casa. El trabajaba en El Espectador y yo en el Banco de Londres. Una tarde, mientras yo lo esperaba en la esquina de la catorce con la séptima, salió del periódico y se vino precipitadamente a mi encuentro, diciéndome sin saludarme: "Aquí en esta casa está en este momento un ruso que quiere hablar con nosotros. Ahí hay una reunión de obreros liberales, que lo han citado para que los oriente sobre la posición de los trabajadores en las próximas elecciones. Subamos. Cuando termine nos vamos con él y charlamos. Esto puede ser muy interesante". La casa de que hablaba Tejada era la misma en que hoy está "La Cigarra". El ruso no era otro que Silvestre Sawinsky.


Sawinsky vivía en la vieja y amplia casa que queda inmediatamente después de lo que hoy es la plaza de San Martín hacia el norte. Allí entramos. Recuerdo que en el vasto corredor nos llamó la atención ver numerosos cueros colgados, y Sawinsky nos dijo que se había dedicado a la curtiembre, para ganarse la vida. Nos presentó a su esposa y nos instalamos en la amplia sala ante una gran mesa, cubierta con una gruesatela de terciopelo verde, y sobre la cual una caparazón de tortuga con una caja de metal incrustada servía de cenicero de agua. Pronto comenzamos a menudear las tazas de té, de las cuales tomamos como diez, a la manera rusa, mientras planeábamos el nuevo partido. Como a las nueve de la noche salimos de allí, después de haber dejado un cerro de colillas dentro del recipiente de la tortuga. Habíamos trazado el esquema para la formación del partido comunista en Colombia. Llevábamos la lista de los nuestros, que se redactó de mi puño y letra, y a la cual habíamos agregado algunos nombres que juzgábamos adictos a nuestra causa, entre otros, Luis Cano, Armando Solano y Alfonso Villegas Restrepo. Digo esto, porque nadie sabía cómo se fundó el partido comunista de entonces, es decir de dónde partió la idea, y he oído muchas versiones contrarias a la realidad, de gentes que desean hacerse pasar por personas actuantes (el subrayado es mío). No. Aquella noche no estábamos presentes sino Sawinsky, Tejada y yo. De allí convocamos a una reunión, en la cual quedó constituído el nuevo partido. No está por demás decir que ni Luis Cano, ni Armando Solano, ni Alfonso Villegas Restrepo concurrieron nunca a ninguna de nuestras reuniones.


Pronto nuestro partido se encontró con muy serios problemas que nosotros no sabíamos cómo resolver. La cuestión orgánica y nuestra conexión con las masas eran cosas al rojo blanco sin la solución de las cuales podríamos subsistir. Ni Sawinsky ni nosotros sabíamos nada en cuanto a los procedimientos. Ignorábamos por completo cómo se hacía un partido comunista. Era aquella una época en que el resplandor de la revolución rusa iluminaba el universo, y todos los hombres libres del mundo querían ir por esa senda, lo que no significaba necesariamente que quienes así pensaran fuesen teóricos consumados. El conocimiento de Marx y de los métodos revolucionarios de los rusos no se habían generalizado. En la prensa todavía se leía que el general Soviet se había tomado al sur de Rusia una importante ciudad llamada Lenin. En estas circunstancias, nosotros resolvimos como mejor pudimos nuestros embarazantes problemas. Le dimos al partido, por proposición de Moisés Prieto, una secreta organización tipo masónico, por grados, con sus signos, sus convenciones, sus palabras claves para los momentos de peligro. Y en cuanto a programa, yo traduje con Sawinsky el programa del P.C. ruso y echamos diez mil copias en mimeógrafo, que fueron a parar al río Magdalena, a los cuarteles, a las organizaciones obreras, etc. Su distribución fue tan completa, que todavía se acuerdan de haberlo recibido los obreros de muchos lugares del país. No abandonamos tampoco el trabajo en el ejército, y fue por nuestra labor de hojas sueltas, al frente de la cual estaba Sawinsky, que el buen ruso, más terrorista que bolchevique y más niño que hombre terrible fue expulsado del país.


Un día me llamó Tejada con mucho sigilo para decirme que habían inventado un grado superior, el último al que sólo tenían acceso los elegidos, pues había ciertas cosas que no se podían tratar delante de algunos camaradas, en los cuales no se tenía la suficiente confianza. Me advirtió que mi iniciación allí se había fijado para una sesión especial, como en efecto ocurrió. Por entonces Tejada ya vivía en una casa de la calle doce, casi contra el paseo Bolívar. En un cuarto oscuro, iluminado apenas por una vela de sebo, se efectuó la ceremonia de mi ingreso al más alto grado. De pie, en torno de una mesa, se hallaban Tejada, Sawinsky, José Mar, Moisés Prieto y Diego Mejía. Sobre la mesa reposaban los símbolos de la purificación y la fe del comunista, consistentes en la constitución rusa, el programa del partido y, encima, una pistola, alegoría de la violencia revolucionaria y a la vez del castigo que esperaba al traidor. El juramento consistía en un largo interrogatorio escrito, que Sawinsky leyó aquella noche, con su particular acento ruso. Se hablaba en voz baja. Tejada se transfiguraba por completo, y a la escasa luz de la vela se le veía poseído de la más intensa emoción. A Sawinsky le temblaba levemente el labio inferior. La respiración de todos parecía contenida. El interrogatorio llegó a aquello de "jura usted no hacer diferencia de razas?", y yo respondí : lo juro; "jura usted no hacer diferencia de nacionalidades?", y yo respondí lo juro. Pero cuando se me dijo: "Jura usted no hacer diferencia de sexos?", dí inmediatamente el grito, separándome del grupo. "No, me es imposible jurar eso", exclamé. La estupefacción se apoderó de todos. Tejada me miraba con angustia escrutadoramente. "Por qué no juras?", me dijo con un tono de ruego. Yo les dije "Lo de la supresión de la diferencia de sexos no lo juro, porque por pepiciego que uno esté siempre sabe quién es hombre y quién es mujer". Todavía oigo las carcajadas de José Mar y las recriminaciones de Tejada, que no concebía que se llevara ningún espíritu ligero a semejante ambiente de solemnidad y de misterio.


La conexión con los obreros es capítulo aparte. Este se tornó muy pronto en nuestro insoluble problema central. Habíamos conseguido a un obrero de la construcción, Manuel Avella, y a Lozada, un maquinista del ferrocarril. Pero necesitábamos las grandes masas. Una comisión compuesta por José Mar y Prieto, que enviamos a Girardot, meca entonces del socialismo, había fracasado. Entonces resolvimos todos salir a la conquista de las masas. Se nos había dicho que en el paseo Bolívar por las tardes, se reunían muchos obreros, pues allí se hacía una venta de comestibles calientes y era el mejor sitio para encontrarlos en conjunto. Hacia allá nos dirigimos, pasando por el barrio de Las Aguas siempre en busca de obreros, que no hallamos por el camino. Arriba, evidentemente, se agitaba una muchedumbre desharrapada, en una especie de feria o de fiesta, en torno a las ollas humeantes. Al frente teníamos el espectáculo de la ciudad, con su rumor de órgano, y más allá, hasta el confín verde de la sabana. Nos acercamos a los trabajadores, pero no sabíamos cómo abordarlos, qué decirles, cómo entrar en conversación con ellos. Casi ni nos miraban. Estaban muy atareados en su comida, comprando aquí y allá centavos de cosas. Entonces, cuando ya íbamos a fracasar del todo, Tejada se acercó a nosotros diciéndonos: "Bueno, bueno hagamos una colecta para esta gente". Y vaciamos nuestros bolsillos, para que los obreros pudieran comer un poco mejor aquella tarde. Después, descendimos del paseo Bolívar, sin haber podido hablar ni una sola palabra con aquellos obreros sobre nuestros propósitos, pero felices de haberlos ayudado en algo. Sólo oímos que uno de ellos rezongó algo sobre los electoreros que van a buscarlos con obsequios cuando quieren sus votos. Juro que esta escena me ha ayudado extraordinariamente a comprender a Charlot.


Pacho de Heredia, el famoso líder socialista que murió quemado en el incendio de un hotel de Costa Rica, había convocado al tercer congreso socialista de Colombia, que se reunió en un largo salón del tercer piso del edificio Liévano, en la plaza de Bolívar. De Heredia se peleaba con nosotros, pero eso no fue óbice para que nos enviara a todos credenciales de organizaciones obreras que ni siquiera conocíamos, para que asistiéramos como delegados al congreso. Recuerdo que a mí me correspondió representar a los obreros de la Zona Bananera. Allí, en aquel congreso, nuestra actividad fue feroz contra el socialismo. Y, como era natural, nuestras baterías iban dirigidas contra el socialismo de Girardot, que gobernaba la ciudad desde el concejo y que, según nosotros, se había pervertido en el reparto de las preeminencias y del presupuesto. Nosotros hicimos declarar aquel congreso: Primer Congreso Comunista de Colombia. El mono Dávila, que representaba al socialismo fue nuestra víctima propiciatoria, y se defendía de todos muy airosamente. Sólo una vez que el loco Zambrano (un muchacho enviado por los obreros de Boyacá, que en el congreso se declaró comunista y marchó con nuestras tesis) le acusó de prestar plata al diez por ciento, el mono perdió los estribos, y exclamó: "A quien me vuelva a decir esa impostura, o lo desafío, o lo condeno al desprecio de mis conciudadanos". Y el loco le replicó con toda calma: "Vea camarada: yo prefiero lo segundo". Allí mismo nos encontramos con Alejandro Vallejo, que desde entonces formó parte de nuestra agrupación. Una noche, Vallejo hacía el ataque más violento al programa socialista de Heredia, que había sido promulgado en años anteriores en Honda. Vallejo duró cerca de una hora descuartizando el programa de Honda. Ese programa era una basura; ese programa no valía nada. De pronto Heredia le preguntó al orador: "Dígame una cosa: usted conoce el programa de Honda?"; a lo cual replicó el orador, impertérrito: "Yo no conozco el programa de Honda". La carcajada fue general. Pero era que nosotros señalábamos con anterioridad quienes debían intervenir en los debates no por el conocimiento que tuvieran de la materia, sino por el grado de capacidad para hablar.


En aquel congreso conocimos a Raúl Eduardo Mahecha, a quien llevamos a nuestra organización una noche para conocerlo y saber de quién se trataba. Confieso que nos causó pésima impresión. Mahecha se vanagloriaba de sacarles dinero a los yanquis de Barrancabermeja, de amenazarlos con huelgas si no le suministraban la plata y de otras lindezas por el estilo. Lo decía con tal naturalidad como si estuviera convencido de que esa era la esencia el alfa y el omega del movimiento revolucionario. Mostraba esos actos suyos, como grandes triunfos de sagacidad revolucionaria. Al propio congreso había venido con sueldo de la empresa petrolera y con aire de victoria nos mostraba los telegramas en que le anunciaban los giros. A mí me pareció, perdóneseme que lo diga, un criminal nato, inconsciente. Y ese era el presidente del congreso obrero. Pedí que lo derrocáramos, pero la oportunidad de hacerlo parece que no se presentó.


Después hicimos Tejada y yo un viaje al Quindío, siempre con la idea fija de buscar obreros auténticos. En un hotelito de Cajamarca redacté el primer manifiesto que yo hacía destinado a los obreros del Quindío, que publicamos en Calarcá, mi ciudad natal. Tejada se mostró sorprendido de mis estilo revolucionario y alabó con mucho entusiasmo mi manifiesto. En Calarcá salieron algunos obreros a recibirme. Tejada estaba optimista. ¿Ves?, me decía; los obreros son muy inteligentes y acabarán por responder a nuestros llamados. Vamos a hacer un gran partido. Pero en Pereira, fin de nuestro viaje, ya no vino nadie a vernos. Allí iniciamos a Fortunato Gaviria, hermano de la mujer de Tejada. La iniciación que se hizo con la solemnidad de la mía, de que ya he hablado, no surtió su efecto de misterio y de sigiloso secreto. La casa tenía una acústica endemoniada; todo el mundo, en la planta baja, de almacenes y tiendas, se dio cuenta de todo cuanto dijimos e hicimos. Y al día siguiente todo Pereira sabía que habíamos ido a la ciudad.
Tejada era un comunista convencido. Indudablemente, nuestro movimiento, en el fondo, era un movimiento liberal, como lo fue en gran parte, años después el movimiento socialista revolucionario. El partido liberal, con la pesada herencia del fracaso de la guerra civil iba de mal en peor. Nadie creía ya en que pudiera levantarse de la postración en que se encontraba. Y en estas condiciones, se buscaban sustitutos, otras formulaciones y otros medios que suponían más eficaces para el derrocamiento del conservatismo. Mucho de eso había en nuestro movimiento. Pero no en Tejada. Tejada era comunista, con la visión de una sociedad mejor y más equitativa para la humanidad. De ahí que yo no juzgue a Tejada como obligadamente lo juzga la gente: como un cronista que ha producido Colombia; el mejor, en una abarcadura más ancha, del habla española, que aún no ha sido superado ni igualado aquí ni fuera del país. Porque Tejada era más que eso. Tejada era un apóstol, un líder incomparable del proletariado. Murió en el momento en que se estructuraba ideológicamente en el marxismo, cuando antes sus ojos de visionario la escritura del viejo alemán le abría las puertas de un mundo amable para todos, en el cual había soñado siempre. Amó a la humanidad con un amor entrañable. Amó a los humildes, y supo con toda claridad que ellos serán poseedores de un paraíso aquí en la tierra. Por hacer más próximo ese paraíso, luchó hasta su último aliento.