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2/8/12

Amor y erotismo en el V encuentro nacional de escritores Luis Vidales

Por Richard Aguirre

La Patria, Manizales, Agosto 1, 2012.
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Amor y erotismo son los ejes centrales de la quinta edición del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, que se realizará del 15 al 18 de agosto en Calarcá. Este lleva el nombre del poeta quindiano como homenaje a una de las personalidades más emblemáticas de la literatura de ese departamento.
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Encuentro

José Nodier Solórzano Casta, organizador del Encuentro de Escritores, aseguró que esta actividad "promueve diálogos de pensamientos; muestra a los niños y jóvenes ejemplos claros y evidentes de qué es funcional, y sobre todo, se  conversa desde nuestras experiencias y no solo desde los dogmas propios del universo centralizado y extraño, por inmóvil y rígido de los adultos".

Carlos Vidales, hijo del poeta, dijo sobre el tema central del evento: "El amor, el erotismo, la vida, la muerte, todo lo que forma parte de la existencia humana es objeto y materia de la literatura. Ningún tema vale menos, ningún aspecto de lo humano puede ser tabú o estar proscrito de la expresión literaria".

"El amor y el erotismo son temas difíciles de abordar. A menudo donde peor se dan estos temas es justamente en los libros eróticos y en los de amor. No es fácil que un autor sea profundo y lúcido en el tema del amor y, al mismo tiempo, sea un gran escritor. Creo que los poetas llevan ventajas en el abordaje de estos temas", afirmó el escritor y periodista Alberto Salcedo Ramos.

Luis Vidales Jaramillo

Nació el 26 de julio de 1900 en Calarcá. Fue diferente para su época, comunista, sin versos ni rimas consolidó un estilo poético. Su obra maestra, Suenan Timbres. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1926. Falleció en Bogotá en 1990.

Carlos Vidales afirmó que el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales es "Una iniciativa de inmensa importancia. Es un homenaje para mi padre, pero sobre todo, es un evento de poderosa influencia que estimula y alienta a las nuevas generaciones de narradores, poetas, literatos y críticos".

¿Quién fue Luis Vidales? "Nadie debe tratar de definir a una persona. Las definiciones siempre reducen, mutilan, omiten algún aspecto de la realidad. Para mí él es mi padre, poeta, humorista, estadígrafo, luchador social, un hombre con un tremendo sentido de la integridad, quien me enseñó a ser consecuente con los principios, así se venga el mundo abajo", afirmó.

Vidales aseguró que mantiene con su padre un diálogo interior permanente. "De este modo él continúa vivo en mi mente, discute conmigo, me enseña nuevas perspectivas y sobre todo mantiene encendida en mi corazón la llama humorística que me ayuda a descubrir los aspectos ocultos e inesperados de la realidad".

"Si Luis Vidales volviera a nacer, creo que a cada rato, en alguna parte del mundo, nacen otros Luis Vidales, estoy casi seguro que sería otra vez escritor y poeta. Sobre todo, sería otra vez, siempre, revolucionario. Pondría al descubierto, con imprecaciones terribles, las ignominias e infamias de este siglo. Y no se olvidaría de decir algunas humoradas para cubrir de ridículo a los pomposos imbéciles inmorales que hoy detentan el poder en todos los rincones de este planeta", concluyó su hijo.
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Sigue en: La Patria, Manizales, Agosto 1, 2012.

Tomado de nuestro blog amigo NTC...

11/3/12

Entrevista a Carlos Vidales





La Crónica del Quindío, Armenia, domingo 11 de marzo de 2012.

La biografía de Carlos Vidales ha estado tan íntimamente relacionada con la izquierda latinoamericana que, si él o alguien decide relatarla en detalle, saldrá de allí un montón de valiosa información.
La extensión de esta nota impone el resumen. Nacido en 1939, es hijo de Luis Vidales, el único poeta gran caldense de nombradía internacional. Periodista de profesión, fue asistente del novelista José María Arguedas entre 1968 y 1969. Su exilió de 20 años en Chile le permitió hacer parte del experimento socialista de la Unidad Popular que llevó a la presidencia a Salvador Allende.

Allende lo nombró Jefe del Servicio de Documentación y Archivo en el Palacio de La Moneda, cargo desempeñado hasta enero de 1973. Sobre ese periodo escribió el libro Contrarrevolución y dictadura en Chile (1974). Ocupó la jefatura de redacción de la hoy emblemática revista Alternativa, empresa periodística liderada por Gabriel García Márquez y Enrique Santos Calderón. Su bibliografía incluye estudios históricos relacionados con Simón Bolívar, las guerras de independencia, Luis Tejada y un etcétera bien nutrido.

Hay algo en Suenan timbres que deja al lector completamente sorprendido: esa combinación afortunada de un lenguaje refrescante para la poética colombiana, acostumbrada a los mármoles y camellos de Guillermo Valencia, a los tormentos sin nombre de Barba-Jacob, y la quizá inaugural exploración de la ciudad como sitio del asombro. Existen diversas teorías que tratan de encontrar la semilla de la propuesta estética de Luis Vidales. Usted, siendo testigo de primera línea, ¿qué nos puede decir del origen de ese tan singular universo?

Yo escribí en 1976 un ensayo titulado “La circunstancia social de Suenan Timbres”, que intenta responder a esa pregunta mediante una indagación no-literaria sino socio-histórica. Mi padre conoció ese texto y estuvo de acuerdo con su contenido hasta el punto de que lo incluyó en la segunda edición de Suenan timbres (Colcultura, 1976).

En breve: sostengo que Suenan timbres es el producto de las transformaciones socio-económicas de Colombia en las dos primeras décadas del siglo XX (industrialización, nacimiento del sindicalismo y las modernas luchas obreras, inserción en la economía mundial, declinación de la hegemonía conservadora y ascenso del liberalismo, introducción de las ideas socialistas y comunistas, etc.) y de las grandes transformaciones políticas y sociales a nivel internacional durante el mismo período (Primera Guerra Mundial, Revolución Rusa, desarrollo del cine y nuevas formas de comunicación, etc.).

La voluntad de romper los moldes caducos del siglo XIX, la irrupción de nuevas formas de poesía en el mundo occidental, la alegre voluntad de romper mitos, tradiciones, formalismos, todo ese torbellino de novedades e irreverencias cayó en el terreno fértil de una generación de jóvenes literatos, periodistas, cronistas, humoristas, dibujantes, artistas, que compartían sus travesuras contra el viejo orden y se burlaban de todo lo que representaba un obstáculo al desarrollo de la nueva sociedad que pugnaba por nacer. Se ha discutido mucho sobre las posibles influencias formativas en la génesis de Suenan Timbres. Me atrevo a decir que ese libro iconoclasta jamás habría nacido si no se hubiera gestado en la compañía fraternal y ruidosa de Luis Tejada, Julieta Gaviria, León de Greiff, Ricardo Rendón, los jóvenes Lleras, José Mar, Pepe Mexia y tantos otros bohemios, cronistas, sindicalistas, etc.

Lo literario es apenas el resultado de estos procesos. Mi padre ensayó las greguerías de Gómez de La Serna, leyó, tradujo e intentó escribir haikus, indagó sobre lo que otros, en otras latitudes, intentaban crear. Pero hay que decir que conoció al surrealismo después de la publicación de Suenan timbres, que sus breves relatos o poemas en prosa fueron intentos de contar humorísticamente lo que Édgar Allan Poe narraba trágicamente y, en fin, que en cada poema de Suenan timbres hay más de la alegría irrespetuosa de Luis Tejada y de Charles Chaplin que de cualquier otro maestro de la literatura o del humor.

Hay una pregunta que en algún momento los lectores de Vidales se han hecho. De Suenan timbres hasta La obreríada transcurren algo más de cincuenta años y se produce una mutación no sólo temática sino también expresiva en el poeta. ¿Cuáles son, en su opinión, las razones de semejante cambio?

Hay que observar que La obreríada es una antología realizada en 1978, pero que cubre diferentes épocas de la poesía de mi padre. Yo diría que hay varios períodos en la obra poética de Luis Vidales: el primero abarca la década de 1920, incluye Suenan timbres y se cierra con su estadía en Francia y en Italia, su contacto con los surrealistas y con vanguardistas como Vicente Huidobro; el segundo, entre 1930 y 1935, está marcado por la fundación del Partido Comunista de Colombia, la intensa actividad periodística y militante, los intentos de desencadenar una revolución agraria y, en la literatura, sus poemas de contenido marxista como La costurera o La huelga; el tercer período, a partir de 1935 (año en que es formalmente marginado del partido Comunista), se extiende hasta 1953 y está caracterizado por sus escritos sobre estética e historia del arte, sus artículos periodísticos sobre múltiples temas de la cultura, la política y la historia de las ideas, así como una vasta producción (la mayor parte inédita) de poemas sobre el arte y la literatura; el cuarto período es doloroso y traumático, pues corresponde al exilio en Chile (1953-1963) y está marcado por la soledad, el esfuerzo de mantener viva a la patria en su memoria y en su corazón y la añoranza de su amado Calarcá, de su Quindío entrañable, de su infancia (escribe entonces su Diario suyo y mío, sus sonetos a la patria lejana, sus poemas teresianos y otros experimentos, síntomas claros de un hondo desarraigo); y el último período, desde 1964 hasta su muerte en 1990, tiene dos caras contradictorias, que son, por una parte, una sorprendente maduración en una poesía casi ruda, casi feroz, de la introspección (El libro de los fantasmas, por ejemplo) y, por otra parte, un reintegro a las filas del partido Comunista, igualmente feroz y apasionado, diría yo, que lo impulsa a escribir poemas tan cuestionables como el aplauso a la invasión de Checoslovaquia por las fuerzas soviéticas o ese libro tan discutido que se titula Poemas del abominable hombre del barrio de Las Nieves.

Su amor al partido Comunista fue auténtico y profundo, incluso durante los largos años que permaneció fuera de sus filas. Esto, a mi modo de ver, hace respetables sus poemas menos afortunados.

El compromiso político de los poetas fue un fenómeno extendido en América latina hasta, quizás, principios de los setentas. Y los adscritos a dicha tendencia no son menores para el canon literario: Luis Vidales, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Roque Dalton y Ernesto Cardenal, para mencionar unos pocos. Ahora, a pesar de que las cosas no han cambiado, el poeta sólo se compromete con la estética. ¿Cuáles son las explicaciones y las consecuencias de ese viraje?

Yo no creo que en nuestros días el poeta solamente esté comprometido “con la estética”. Basta ver la enorme cantidad de poesía que se escribe hoy en todos los idiomas para comprender que vivimos en una época de rebelión, descontento, cuestionamiento de los grandes poderes y de los valores establecidos. Eso es un claro compromiso, aunque no exprese una militancia política partidaria.

Dicho esto, no está de más advertir que el poeta tiene el derecho y la obligación de decir lo que quiera decir de una manera estéticamente aceptable. Por eso tiene que experimentar, probar nuevas formas expresivas, pulir sus herramientas y “hacer escalas” hasta el cansancio, como un cantante de ópera. Pero no debemos confundir esos ejercicios con su canto. Y tampoco vale menos un poeta que se compromete con la astronomía, o la teología, o la naturaleza, más que con el cambio social. Petrarca solamente escribió sobre su amada, pero hasta ahora ningún poeta ha hecho mejores sonetos que los suyos. Carlos Marx decía: "A los poetas hay que dejarlos tranquilos". Muchos seudomarxistas, que abundan, necesitarían que se les recordara el lema de Terencio, que Marx hizo suyo: "Nada de lo humano me es ajeno". Yo diría que el único viraje observable de las últimas dos décadas es el “efecto internet”: hoy, millones de seres humanos publican sus pequeños y grandes poemas y los ponen al alcance de cientos de millones de lectores… La inmensa mayoría de esos textos expresa un compromiso… y estamos solamente comenzando este proceso.

Pasemos a otro personaje cercano a usted: José María Arguedas. En 1975 el suplemento del diario El Pueblo, de Cali, publicó una crónica suya sobre el novelista peruano. Ese texto fue reeditado en el anterior número de la revista Luna Nueva. Pasado ese tiempo, ¿cuál es su mirada de la obra de Arguedas?

En mi opinión, José María Arguedas es el más grande y completo de los novelistas peruanos. Más todavía: lo pongo en la cima más alta de la literatura latinoamericana, junto con Juan Rulfo, Juan Guimaraes Rosa y dos o tres más. Su obra Todas las sangres es un inmenso mural de la sociedad andina peruana y constituye la culminación del trabajo emprendido en siglo XVI por esos dos gigantes que fueron el Inca Garcilaso de la Vega y Felipe Huamán Poma de Ayala. Nadie, como Arguedas, ha llegado tan hondo al corazón del mundo indígena andino y por eso nadie como él ha ganado tan hondamente el amor y la ternura de su pueblo. Yo leo y releo muchos autores de muchas culturas diferentes pero el único que siempre me arranca del alma lágrimas ardientes es José María Arguedas.


Usted reside en Suecia desde 1980, dos años antes del Nobel de García Márquez. ¿En Europa la literatura colombiana tiene resonancia significativa o se limita a unos cuantos nombres?

En Europa se conoce cada vez mejor la literatura colombiana, pero este es un fenómeno relativamente reciente. Antes de García Márquez se conocía La vorágine de Rivera y María de Isaacs, pero en círculos relativamente pequeños. Ahora son muchos los autores que se leen en ediciones más o menos numerosas, aunque hay que advertir que en países como Suecia no se hace mayor distinción de nacionalidades. Se suele decir: “Estoy leyendo un autor latinoamericano”.

Álvaro Mutis tiene un círculo de lectores relativamente amplio; León de Greiff es, por supuesto, muy conocido por sus antecedentes suecos y Juan Manuel Roca tiene muchos entusiastas admiradores. Es importante subrayar que varios de los mejores críticos literarios publican con frecuencia en la gran prensa reseñas y ensayos sobre diversos narradores y poetas colombianos.

Por: Ángel Castaño Guzmán

Publicado en:
http://www.cronicadelquindio.com/noticia-completa-titulo-carlos_vidales-seccion-general-nota-43813.htm


4/3/11

J. L. Díaz-Granados: Entrevista con Luis Vidales


Yo visito a Luis Vidales como otros van al cine, al teatro o a la ópera: con el objeto de asistir a un espectáculo estético, en este caso, de la inteligencia. Hace muchos años, ya no recuerdo cuántos, veinticinco o más, vengo haciéndolo con regular frecuencia, cada vez más asombrado de su lucidez y resistencia física, admirado al observarlo fumar un cigarrillo tras otro y beber aguardiente en unas cómodas copas rusas de madera, sin que ello le produzca mayores daños en un cuerpo que ha soportado durante 86 años la centuria más accidentada y tormentosa de la historia y una procelosa trayectoria colombiana sin paralelo en el mapamundi contemporáneo.

Bondadoso, culto, sarcástico, irreverente, este poeta y ejemplar humano único en su especie, apenas sale a la calle. Permanece todo el día recluido en su apartamento de Teusaquillo, recostado, leyendo, fumando y viendo televisión. “Son muy malos los programas, pero a veces hay cosas buenas”, dice seriamente.

Afirma que hace meses no escribe. Anda un poco escéptico ante los últimos acontecimientos del mundo. “El dinero ha corrompido el alma del hombre desde hace cinco mil años. Todo está corrupto. Lo ocurrido en Europa Oriental es por el dinero. ¿Por qué se fugan los alemanes del Este para el otro lado? Seducidos por el dinero. La perestroika es el suceso más extraordinario de este tiempo, y Gorbachov está tratando de limpiarle un poco el alma al hombre. Pero no va a poder limpiársela completamente. Ya es algo, sin embargo, intentar limpiarla”.

– ¿Qué está leyendo ahora?

– La hija del capitán, de Pushkin. Es algo formidable.

– ¿Y escribiendo?

– Nada. Yo ya escribí todo lo que tenía que escribir. Ahí están más de 20 libros inéditos. Suficiente.

Vidales es una de las figuras literarias y políticas más importantes y controvertidas de este siglo en Colombia. Nacido en la Hacienda “Río Azul”, cerca de Calarcá, el 26 de julio de 1904, a los 86 años ha recorrido el mundo ancho y propio; ha desempeñado diversos empleos, desde oficial 8º de la Estadística hasta presidente de la Unión Nacional de Oposición (UNO) en Cundinamarca, y ha “visitado” en calidad de preso cerca de 40 cárceles colombianas, desde la iniciación del gobierno liberal de Olaya Herrera hasta el del presidente Turbay Ayala, cuando su residencia fue allanada una madrugada y el poeta fue llevado a las caballerizas de Usaquén con los ojos vendados, hasta que gracias a la presión nacional e internacional tuvo que ser dejado en libertad.

– Esa fue una experiencia maravillosa –dice riendo–, porque siempre que me han metido a la cárcel monto mi escuela de marxismo y comienzo por dictarle mi catecismo a los propios oficiales y soldados. Cuando el teniente me trajo de regreso a mi casa lo invité a un whisky. Estábamos encantados hablando. Los soldados me decían: “Qué lástima que no podamos decirle: ¡que vuelva!”.

Trabajó cuarenta años en labores estadísticas y vivió exiliado ocho en Chile, entre 1952 y 1960.

– ¿Cómo compaginó la actividad poética con la estadística?

– No hay nada separado en el universo. Fue el Renacimiento, hoy de capa caída, el culpable de la disociación de las cosas. Los estudios históricos están ahora acompañados de la estadística, en cuanto a la comprobación demográfica del pasado. Poesía y estadística son búsqueda de lo secreto o desconocido y la emoción ante el hallazgo es exacta. Basta tener un poco de sensibilidad.

– ¿Pero no considera que la poesía es incompatible, por ejemplo, con la matemática?

– No. Usted sabe que la música es una de las formas más altas de la poesía por ser sobremanera ritmo, y el ritmo se hermana con la alta matemática. El griego Xenakis, creador de la música “estokástica”, hace sinfonías o estructuras sonoras en computador, tal como su obra Pithoprakta, basada en la fórmula matemática de Maxwell-Volta. ¿Y no juntaba Mallarmé música y poesía? Pero no sólo en este campo se da esta conjunción. También en las artes plásticas. En el viejo Egipto, la estatua de Memnón producía armoniosos sonidos no bien aparecía el sol. Cambises hizo romper la escultura para descubrir el misterio. Pero la obra continuó cantando. Dos siglos y medio después, Septimio Severo ordenó repararla y volverla a su pedestal. En fin, repitamos que música es ritmo y ritmo (no rima) es poesía. Y la poesía encierra todas las creaciones más altas del entendimiento humano.

– Usted ha dicho en alguna parte que la expresión poética es una síntesis, una condensación equivalente al átomo, al diamante o a la revolución. ¿Qué quiere decir con esta afirmación?

– Desde ese punto de vista yo vivo aplicando este fenómeno de síntesis a todas las cosas que me pasan por la cabeza. Yo pienso, por ejemplo, que “la fuerte corriente eléctrica de la vida mató un día a Volta”. Y se me ocurren frases como estas:

“A Laplace, el astrónomo, se le apagó la estrella un día, cuando se murió”. “Los Cabot patearon la bola de la tierra y descubrieron a los Estados Unidos”. “Newton cayó del vientre de su madre y descubrió la ley de la gravedad”. “Pese a la Vía Láctea no hay leche en la vasija de los colombianos”. Y esta otra: “El machismo comenzó cuando inventaron que Dios era hombre”.

En 1926, Vidales viajó a París a estudiar Economía y Sociología. Poco después vivió en Italia como diplomático. “El embajador era el expresidente conservador José Vicente Concha. No se despegaba de su botella de cogñac. Y hablaba obsesivamente contra los norteamericanos. Era antiyanki radical, por lo de Panamá”.

Se entrevistó brevemente con Benito Mussolini, quien cometió el disparate de decirle que Colombia era “una república banana de Centroamérica”. A punto de rectificarle, alguien oportunamente lo codeó para evitar un disgusto del famoso Duce.

– ¿Cuáles son sus autores predilectos?

– Son muchos. Y de una variación infinita. En primer lugar, dentro de la que se llama la civilización occidental, me salta a la vista el gran poeta del Medioevo francés, Francois Villón. Es algo que me abruma. Y luego, en el siglo pasado, ahí veo a Rimbaud. No hay ningún movimiento poético del mundo de hoy que se escape a la lección de Rimbaud, que dejó –usted lo sabe, como poeta que es–, su militancia poética a los 19 años, pero dejó una orientación, un norte. En Colombia hay zonas vitandas para la crítica oficial. Cito el caso espectacular de Julio Flórez. A este poeta se le saca de las antologías, se le estigmatiza, pero en la trastienda, cuando están tomando aguardiente, los colombianos recitan a Julio Flórez. Esa dinámica tiene que ver algo con el espíritu del colombiano.

– ¿Pero qué era lo que realmente le ocurría a Flórez?

– Tratando de descubrir qué era lo que le pasaba a Julio Flórez, veo que cuando él empezó su prédica poética hacia 1896 o un poco después, en Colombia había una crisis del comercio tremenda, que fue antesala de la toma de Panamá. Entonces al colombiano le sabía la vida a ceniza y no veía las cosas sino de una manera angustiosa y terrible. Y Julio Flórez, como hace todo poeta que oye su contorno, cantó las calaveras de la muerte, cantó sus huesos, sus fémures, cantó las arañas en los rincones, cantó, en fin, todo ese arsenal de mal gusto que la época dio a los colombianos. Pero Julio Flórez está arraigado a la vida nacional. Yo tengo unos 5 ó 7 sonetos que he encontrado de este poeta que muestran otro Julio Flórez. Algún día publicaré un artículo que se llame Mi Julio Flórez, para dar a conocer no sólo el poema Yo no soy yo, sino el poema Al átomo, en donde canta cosas que están descubriéndolas ahora en el mundo científico. Luego a Julio Flórez se le debe colocar en el sitio que le corresponde dentro de la vida poética colombiana, que es lo que no ha hecho la crítica en este país.

– ¿Qué siente al acercarse a los 86 años?

– Hace poco vino un amigo mío y me trajo el certificado de Registro Civil de mi nacimiento y allí aparece que yo vine al mundo el 26 de julio de 1900 y no en 1904 como aparece en todas partes. Yo mismo no sé si es en 1900 o en 1904. Pero si es lo primero, que es lo más seguro, entonces voy a celebrar próximamente 90 años... ¿Qué le parece?

Publicada en la revista Gato Encerrado No. 11 - Abril - Mayo - 1990 -
Dirección: Eutiquio Leal, Fernando Soto Aparicio, Jaime Chavarro Díaz

Esta entrevista ganó el Premio Nacional de Periodismo "Simón Bolivar" en la modalidad "Mejor entrevista de prensa 1990".

Fuentes:

Alegría de leer

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